Dos en una

No es fácil encontrar dos ciudades en una.

Generalmente, las urbes fueron extendiendo sus calles desde los centros históricos a lo largo de un urbanismo más racional hasta los llamados ensanches burgueses.

Es lo esperable en todas las ciudades europeas, aunque existen algunas excepciones.

El nombre de bastantes pueblos gaditanos lleva un apellido que delata su origen, son lugares “de la frontera”, Jerez, Conil, Vejer, Arcos, Chiclana, etc. Estos núcleos no solo constituyeron importantes enclaves cristianos frente al poder musulmán, siempre eran colinas fortificadas con murallas y torreones. Con el paso del tiempo, estos lugares tan estratégicos fueron creciendo con tanta pujanza que tuvieron que reventar total o parcialmente las fortificaciones. En algunos casos quedan restos, en la mayoría ni eso.

Un caso diferente es Castellar de la Frontera porque su población se estancó con el fin de la Reconquista, por lo que no tuvo necesidad de salir de las murallas medievales. En esta situación vivieron sus habitantes hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando el plan ideado por el Instituto de la Colonización (1971) les permitió abandonar lo alto de la colina defensiva para bajar a vivir al nuevo pueblo, un asentamiento con el mismo nombre, pero llano y urbanizado con las comodidades del momento. No todos quisieron beneficiarse del plan gubernamental y así quedaron dos ciudades en una, el mismo nombre acoge en la parte moderna a un número importante de habitantes mientras que otros permanecen intramuros, al abrigo de unas murallas medievales, lejos de la modernidad. Para más información, ver https://elgamusinoblog.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=244&action=edit

Un rincón en Castellar de la Frontera

Otro caso similar lo encontramos en el norte de Italia, en Bérgamo, al lado de Milán, en la llanura que precede a las alturas alpinas. Es la franja más productiva de la península, donde la ganadería, los arrozales y el maíz fomentaron una alimentación (osobuco, risotto, quesos gorgonzola o provolone) tan diferente a la meridional (pasta y pizza). La parte antigua de la ciudad, la “città alta”, con catedral, iglesias, monumentos, torres y todo tipo de reclamos turísticos, todavía sigue bordeada por las murallas venecianas, que nos indican quienes fueron sus señores durante largo tiempo: La Serenísima República de Venecia.

Catedral, iglesia de santa María la Mayor y mauseleo de Colleoni (Bérgamo)

Con el tiempo, esta zona amurallada terminó siendo asfixiante para una población que aumentaba al calor del progreso. Así es cómo, a finales de XIX y principios del XX, la burguesía y sus seguidores se instalaron abajo, en la parte llana de la ciudad, donde predominan avenidas y calles franqueadas por edificios en los que no falta la estética monumentalista que, con tanto afán, predominó en el largo periodo fascista.

Así son esta dos ciudades, que la historia dividió y hoy las podemos recorrer salvando las murallas que las defendieron durante siglos.

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