Les invito a conocer unas tierras altas, fuertes e inhóspitas, difíciles de nombrar. El lugar donde se asientan, en la Serranía Celtibérica, da fe del cruce de culturas.
En 2016 el libro titulado “La España Vacía” de Sergio del Molino pone nombre a estos parajes con una densidad de población tan baja que algunos denominan la Laponia del sur. Actualmente, en el mundo sociopolítico se denomina La España vaciada y expresiones similares, pero sin que sea suficiente.
En 2020 los suscriptores de un blog estadounidense especializado en bicicletas de montaña nombran las MONTAÑAS VACÍAS como la mejor ruta ciclista del mundo.
Así pues, ya tenemos varios nombres (la España Vacía, la España Vaciada, Laponia del sur, Montañas Vacías, la España Despoblada, la España Abandonada, etc.) para estas tierras montañosas con los pueblos habitados más altos de España, como los turolenses Valdelinares (1695 m), Griegos (1601 m), Gúdar (1581 m), Bronchales (1569) y Guadalaviar (1519 m).
Este desierto demográfico se agrava en torno a los Montes Universales, la parte más meridional de Celtiberia, donde la población aún desciende más, con 0,98 habitantes por kilómetro cuadrado. En este espacio se pueden señalar cuatro zonas contiguas: el Cañón Rojo de Teruel y la Sierra de Albarracín (Teruel), Parque Natural Serranía de Cuenca (Cuenca) y el Parque Natural del Alto Tajo (Guadalajara).
Son tierras con pinturas rupestres del neolítico (Pinar del Rodeno), restos de tribus celtas e íberas, asentamientos romanos y visigodos, pero van a ser los musulmanes los que dejan una huella más sólida. Lo demuestran los enormes recintos amurallados de Albarracín por parte del reino de taifa bereber y el de Cañete en tiempos del Califato. Este influjo también se deja ver en la toponimia (Albarracín, Guadalaviar, Guadalajara, Javalambre, ríos Almagrero o Alfambra, etc.) y en la arquitectura, como el espléndido estilo mudéjar de Teruel o el campanario-minarete de Jabaloyas.

En el Cañón Rojo de Teruel el suelo arcilloso está moldeado por las esporádicas torrenteras de agua que forman enormes cárcavas y barrancos improductivos. Fueron las gentes norteafricanas las que supieron producir ladrillos con estas estas tierras arcillosas para así construir las torres mudéjares de la ciudad de Teruel. Por los alrededores se pueden ver algunas sabinas y carrascos, testigos mudos, pero expresivos de una desertización que esteriliza la faz de esta tierra roja.
Esa tonalidad es la que también predomina en la Sierra de Albarracín. Su capital está amurallada con piedra rojiza, lo mismo que sus edificaciones, con arcillas y yesos que hacen que la ciudad quede mimetizada con el paisaje. Hasta el río Guadalaviar que fluye a sus pies enrojece sus aguas en el afán colectivo de buscar la armonía con los colores ferrosos, pétreos que identifica a la ciudad, solo comparable con algunas poblaciones toscanas. Llama la atención una casa solariega pintada de azul en una empinada callejuela, que quiere así dejar clara su distinguida hidalguía.
En la contigua Serranía de Cuenca cambia el color del paisaje. Los pinos de todo tipo (piñoneros, resineros, madereros, albares, negros, etc.) trenzan una tupida maraña vegetal en la que el bosque se hace más fuerte. Y ese cambio de color se nota también en los poblamientos, como el animado Tragacete en el que las fachadas muestran otra paleta de colores más animados.
El tono que colorean los pinos sigue presente en estas tierras altas donde nacen ríos que siguen todas las direcciones de la rosa de los vientos. La parte superior del Parque Natural del Alto Tajo constituye un cogollo donde se arremolinan manantiales que van a formar cuencas fluviales que depositan sus aguas en el cercano Mediterráneo o en el Atlántico. Allí nacen, entre otros, el Tajo, el Júcar y el Guadalaviar, que a partir de Teruel se llamará Turia. En el principio son tres corrientes de agua que titubean con el destino que van a tomar. El Júcar es un río tímido, que esconde su nacimiento tras la Garganta del Infierno y es en Tragacete cuando muestra cierto caudal. Más abajo tiene que recibir aguas del Tajo en un trasvase muy cuestionado. En el entorno de estos ríos es fácil ver manadas de ciervos o corzos y rebaños de ovejas y cabras sin pastor ni perro protector, lo que indica la escasa presencia de alimañas.

Por el contrario, el Tajo ya muestra un caudal muy elevado en la cascada del Molino, en Peralejos de las Truchas, la primera población que encuentra a su paso. En sus primeros veinte kilómetros gigantescos farallones kársticos, vestidos con alargados ropajes multicolores, custodian y rinden pleitesía al río que decidió escoger una ruta más noble (Aranjuez, Toledo) y más osada hasta llegar a Lisboa.
Así son estas tierras altas en la Serranía Celtibérica donde se asentaron casi todas las culturas que pisaron la Península y donde anidaron por más tiempo los musulmanes en épocas medievales, hoy casi despobladas. Formada por cuatro grupos contiguos, pero diversos, ofrecen paisajes desérticos y vergeles verticales, roquedales y cárcavas, mesetas y cañones descomunales, dehesas con vacas limusinas, sabinas rastreras y quejigares de copa ancha, lagunas de diferente tamaño, todo tipo de ríos, incluyendo los de piedras, como indica el étimo de Guadalajara «río de piedras». Unas tierras inhóspitas donde siempre habrá algo donde depositar la mirada, aunque solo sea en el vacilante aleteo de un grupo de mariposas.
Nota: el autor recorrió estas tierras en bici de montaña durante 6 días de agosto en compañía de otros 4 ciclistas. Fueron 472 km por pistas forestales, caminos, sendas y algún paso con porteo de la bici con un ascenso acumulado de 8.400 m.

A pesar de que en 2020 los suscriptores de la prestigiosa web estadounidense bikepacking.com declarasen las MONTAÑAS VACÍAS como la mejor ruta ciclista del mundo, no encontramos más de media docena de ciclistas por el camino, dos de ellos suecos.
¡Un reportaje impresionante!. Deportista, observador , estudioso y escritor, todo en uno. ¡Enhorabuena!
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