Hay periodos en la historia tan breves e intensos que pocas veces nos paramos a reflexionar sobre su importancia.
En la segunda mitad del siglo VIII la cornisa cantábrica se encontraba al margen de la dominación sarracena que se había instalado con cierta comodidad en el resto de la península ibérica, aunque algunas incursiones musulmanas trataban de inquietar a los pobladores norteños, muy dispersos entre montañas y ríos.
En esta situación de cierto sosiego algunas familias nobiliarias y terratenientes conspiran y luchan por conseguir una situación más ventajosa después del vertiginoso desmoronamiento del poder visigodo. En este vacío surgen caudillos y líderes que pretenden organizar un nuevo estatus. Uno de ellos fue Pelayo y sus descendientes, que se instalan su centro geográfico en Cangas de Onís, al lado del río Sella. Más tarde, Aurelio lleva a su séquito a la orilla del río Nalón, pero en 774 un nuevo prínceps, el terrateniente y líder de la tribu pésica, Silo, se casa con Adosinda, nieta de Pelayo, lo que le da una legitimidad aplastante ante sus oponentes. Se instalan en la rica vega del Nalón, cerca de la desembocadura, un río repleto de pesca, (salmones y anguilas, entre otras especies). En Santianes (del latín Santi Ioannis “san Juan”) reconstruyen unos aposentos sobre edificaciones romanas. Sería una residencia (hoy totalmente perdida) y una iglesia con la estética que los mozárabes traían del sur, como las ventanas con arcos de herradura simples y dobles. La situación parecía perfecta y duradera, un matrimonio que juntaba poder económico por parte de Silo y legitimidad nobiliaria por parte de Adosinda, una ubicación con la despensa asegurada (campo, caza y pesca), bien comunicada con la calzada romana que unía Lucus Asturum (Lugo de Llanera) con Lucus Augusti (Lugo), paralelo a la costa, y el camino de la Mesa, que la comunicaba con Astúrica Augusta (Astorga), antigua capital romana del convento asturicense.

En esta situación casi paradisiaca llega el Beato de Liébana como consejero de Adosinda, que después continuará con Mauregato y Alfonso II. Lo primero que consigue es independizarse de Toledo, donde todavía residía cierto poder religioso y político como antigua corte visigoda. Derrota religiosamente a Elipando, obispo de Toledo, que defiende la teoría adopcionista, al lograr que Carlomagno lo acuse de herejía. De esta manera, el prestigio religioso de Toledo queda apagado a favor del nuevo poder que se estaba fraguando en el norte. El siguiente paso del Beato de Liébana será el invento de la tumba del apóstol Santiago (hermano de Juan, los dos ligados en los textos bíblicos al mundo de la pesca). Para ello se valió de la fama que tenía el enterramiento de Prisciliano, el primer hereje que ajusticia el poder vaticano en el año 385. Al adjudicar el enterramiento del apóstol en la punta más occidental de la tierra conocida quería trazar una línea que pasara por Santianes (Santi Ioannis) para adentrarse en tierras de Carlomagno hasta llegar a Roma. Este interés por emparentarse con Carlomagno queda patente con algunas cartas y con el parecido entre la piedra laberíntica de Silo con la leyenda “Silo princeps fecit” y la firma del rey francés, en las dos hay que recurrir a una estrategia tipográfica para entender el contenido. Algunas crónicas informan que el sobrenombre de Alfonso II El Casto se debe a que nunca conoció a su esposa, Berta, hermana de Carlomagno.

El primer problema llegó a este paraíso con la infertilidad de la pareja real. Adosinda apoyó que la sucesión tenía que corresponder a su sobrino Alfonso, hijo de Fruela I El Cruel, pero las costumbres godas establecían que eran los nobles los que elegían a su jefe, y el elegido por los nobles fue Mauregato, hijo de Alfonso I El Católico y una sierva hermosísima llamada Sisalda. Esta dualidad ocasionó graves enfrentamientos entre los partidarios de las dos opciones que se alternaron en el poder hasta que Alfonso II El Casto se asentó definitivamente en el poder al trasladar la corte a Oviedo en el año 761, también en un cruce de caminos.
El segundo problema ocasionó la muerte de la corte por el éxito alcanzado. El nivel fluvial de esta parte última del Nalón está sujeta a las mareas y algunos barcos podían ascender perfectamente hasta la villa y corte. Las naves vikingas y normandas estaban especializadas en estas remontadas fluviales para saquear violentamente los lugares ribereños, es lo que se conoce como “furore normannorum”. Una de las medidas políticas más importantes cuando Alfonso II logra asentarse en el poder es el traslado de la corte a Oviedo, un lugar sin ríos cercanos por los que pudiesen llegar los saqueadores del mar. Detrás dejaba la iglesia de Santianes, donde quedaban enterrados sus tíos, los reyes Silo y Adosinda y también su rival, y también rey, Mauregato con el epitafio «Hic iacet in Pravia qui pravus fuit» “aquí yace, en Pravia, el que fue un depravado”.
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