Cáceres, la ciudad sin río

La colina sobre la que se levanta la ciudad pasó bastante desapercibida por los antiguos pobladores de las llanuras extremeñas. La mayoría se asentó en la rica vega del Guadiana, como lo hicieron los ciudadanos romanos en el enclave residencial de Mérida, o en las orillas del Alagón, como en Coria, que más tarde los visigodos proclamarán diócesis.

Va a ser el último rey leonés, Alfonso Nono, en la primera mitad del siglo XIII el que haga suyo este territorio marcado por una fortificación musulmana en su avance hacia el sur, más abajo del río Guadiana.

Más tarde llegó la repoblación con gentes de todo tipo, norteños fundamentalmente, colonos a los que les ofrecían unas tierras para sembrar un puñado de cereales, segundones sin herencia ni futuro y nobles que habían sido blasonados por sus hazañas en alguna batalla.

El siglo XVI trajo muchas novedades y una de ellas significó la consolidación de las ciudades como núcleo esencial del ordenamiento humano. Algunas urbes resucitan y se vuelven a poblar, otras se levantan en torno a un elemento que atraiga a sus moradores. Una de ellas es Cáceres, un lugar estratégico, aunque no tenga río, al lado de un arroyo y abundantes fuentes, un cruce de caminos por donde pasa la Vía de la Plata, la ruta de la lana y la principal comunicación entre Madrid y Lisboa.

Los privilegios reales de la vía pecuaria de La Mesta consiguen que numerosos hidalgos se instalen en Cáceres en torno a las cinco aldeas primigenias donde levantan sus casas que, con la estética del Renacimiento más innovador, rivalizan entre sí.  Un centenar de familias nobles pugnan por levantar el edificio más alto, el más imponente, contratando a los arquitectos más afamados. Uno de ellos es el trujillense Francisco de Becerra, que consigue la osadía de abrir huecos (ventanas, balcones y puertas) en la esquina del edificio, justo donde el resto coloca los sillares más sólidos. Al lado o arriba, siempre habrá un escudo heráldico que de fe del poderío del linaje.   

Cuando usted, querido lector, pasee por Cáceres, Patrimonio de la Humanidad desde 1986 y tercer conjunto monumental de Europa (después de Tallin y Praga), cuente el número de escudos que cuelgan de sus paredes la treintena de casonas, la veintena de torres y la docena de iglesias. Cuando pase ampliamente del millar podrá decir que empieza a conocer el alma de Cáceres, la ciudad sin río, pero con el gremio de caleros más importante del reino, igual que la calle que lleva su nombre, que discurre fuera de la muralla, paralela a un mísero arroyo con un nombre que nadie recuerda y que muy pocos conocen.

Calle Caleros, en memoria de uno de los gremios más importantes

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