Santiago y el carbón del Camino

De los muchos caminos que llevan a Santiago, el llamado Olvidado es de los últimos en sumarse al listado que conduce a los peregrinos hacia el occidente peninsular. El propio nombre nos indica su condición periférica, algo que ya no se tiene en cuenta porque no interesa. La escasa documentación textual y gráfica que tenía que haber sobre él hace dudar de su historicidad porque probablemente los peregrinos medievales  emplearon calzadas romanas o pastoriles para llegar a Oviedo y así comenzar el Camino Primitivo. Después, con la desaparición del peligro musulmán al norte del Duero, será el Camino Francés el escogido por la mayor parte de ellos, de ahí el lamento de la catedral ovetense con el dicho:

Quien va a Santiago

y no al Salvador

visita al lacayo,

pero no a su Señor.

Por otra parte, no se podría entender el siglo XX sin la importancia que tuvo el carbón en la industrialización mundial. España no fue ajena a ese proceso en el que la siderurgia apuntaló con firmeza la modernidad.

En Bilbao estuvo uno de los centros productivos de hierro más importantes del pasado siglo. Para calentar las barrigas preñadas de los altos hornos se necesitaba carbón y uno de los yacimientos más cercanos se encontraba en tierras leonesas y palentinas, donde se funda la empresa Hullera Vasco-Leonesa en 1893. Con la finalidad de transportar el mineral desde las minas hasta los altos hornos se crea en 1890 la Compañía de los Ferrocarriles de La Robla, la línea de vía estrecha más larga de Europa con 335 km entre La Robla y Bilbao.

Va a ser esa sinuosa vía de hierro, carbón y humo la que estructure la primera mitad del Camino Olvidado de Santiago porque el ferrocarril es el eje que lo articula al necesitar sendas paralelas para su conservación y restauración.

Este origen del Camino desde postulados industriales y utilitaristas no le quita valores paisajistas, históricos, religiosos ni artísticos porque atraviesa por las villas más nobiliarias que dan sentido a la Edad Media, por el corazón de las Merindades burgalesas, por las iglesias románicas  más deslumbrantes del norte palentino, por encima de ríos que llevan sus aguas a los tres mares y por debajo de peñas que superan los dos mil metros.

El 11 de agosto 8 peregrinos salen de Bilbao con alerta naranja por una ola de calor que en Balmaseda llega a 43 grados. Subidos en unas bicicletas cargadas con alforjas y mochilas para resistir un viaje de 6 días,  pedalean a la vera del Nervión para comenzar el ascenso por Zorroza hacia el sur. 

El Camino, paralelo al río Cadagua y a la vía del tren, lleva a Balmaseda, primera villa histórica vizcaína (fundada en 1199) en tierras de las Encartaciones. El calor obliga a buscar un respiro a la sombra de sus casas de piedra, con las calles desiertas. Cuando la temperatura comienza a descender, ascienden los viajeros al valle de Mena, un enorme anfiteatro rodeado por los Montes de la Peña que separan al valle que mira al norte con la meseta burgalesa. Aunque el valle pertenece administrativamente a la provincia de Burgos, todos las evidencias lo ubican como una extensión de Vizcaya. El valle está atravesado por el río Cadagua, que desemboca en la ría del Nervión, Bilbao está más cerca que Burgos por lo que todos los vecinos tienen más relación (laboral, cultural, lingüística, económica, deportiva, sentimental)  con la capital vasca. Además, el paisaje y la climatología son como la prueba del algodón, no engañan, es un valle más relacionado con el norte húmedo y verde que con la seca planicie mesetaria.

El Camino asciende por la Merindad de Montija con Espinosa de los Monteros como la villa más importante, con unos privilegios reales que duraron hasta hace poco tiempo. Más adelante, los peregrinos se adentran en la Merindad de Sotoscueva, con el monumento natural   de Ojo Guareña. Y la última merindad burgalesa, la de Valdeporres, conduce a Puentedey, un puente natural urbano sobre el río Nela en el que el Camino discurre por la caja de un trazado ferroviario con el que el gobierno de Primo de Rivera quiso unir el Cantábrico con el Mediterráneo. Actualmente es una senda verde, pero hace cinco años todavía era posible andar sobre las traviesas de una línea del ferrocarril que nunca llegó a estrenarse.

A lo lejos se alcanza a ver el enorme pantano del Ebro, que anuncia la proximidad con las tierras cántabras. En un alto los romanos construyeron unas villas, cuyas ruinas se conocen como Julióbriga.

A lo largo del Camino se esconden en una vegetación feraz aldeas, pueblos y villas  con casas de buena cantería en las que los blasones dan fe de antiguos linajes. Todos los campanarios de las iglesias tienen la estructura de un torreón defensivo, cuadrados y sin ventanas, a veces almenados, con algunas aspilleras. Son vestigios de una zona fronteriza y belicosa donde nace lo que después la historia llamará Castilla, término documentado por primera vez en el valle de Mena. En estas tierras de paso los señores de norte buscaban abrirse paso hacia la meseta cerealista, buscaban lo que ellos no tenían, llanuras soleadas. Más tarde, los del sur regresaron por estos lugares a la búsqueda de un linaje que acreditase su limpieza de sangre, el único pasaporte necesario para medrar en el mundo palaciego del poder.

Es por estos solares donde el concepto de España pone el huevo que más adelante se convertirá en el águila bicéfala de los Austrias que volará por todos los continentes. Y aquí se construye siempre con un estilo románico, traído fundamentalmente por los arquitectos franceses de Borgoña.

En uno de estos edificios de factura románica, la colegiata de San Pedro de Cervatos, también llamada la catedral románica del erotismo, cerca de la villa montañesa de Reinosa, el viajero queda atónito al contemplar la mayor iconografía sexual con la que los monjes de Cluny intentaban asustar a sus feligreses de los peligros del pecado contra el sexto mandamiento.

Colegiata de Cervatos, llamada la catedral románica del erotismo

La villa de Aguilar de Campoo muestra su esplendor con uno de los castillos románicos más norteños y con una muralla con seis puertas que protege un caserío totalmente blasonado.  Las vías y el río siguen conduciendo a los ciclistas a Cervera de Pisuerga, en el Parque Natural de la Montaña Palentina, es la localidad con la documentación manuscrita más antigua de la provincia (del año 818).  Algunos de los nombres de lugares dan pistas inequívocas de la naturaleza en la que se asientan, así Cervera procede de “Cervaria” (lugar de ciervos), semejante a Aguilar o Cervatos.

El Camino Olvidado, que sigue paralelo al ferrocarril minero, lleva a los peregrinos a bordear por el sur el impresionante macizo de las Fuentes Carrionas donde se levantan el Espigüete (2.451 m) y Curavacas (2.525 m), entre otras cimas, para llegar a Guardo, el centro carbonero más importante de Palencia,  atravesado por el río Carrión. Las autoridades locales tuvieron la feliz idea de identificar en un cartel el Camino Olvidado con el texto «la montaña como testigo».

Las capas de carbón siguen hacia el oeste, subterráneas, y por debajo del cauce del río Cea, penetran en la provincia de León, igual que los peregrinos. Puente Almuhey es la población donde se cruza el ferrocarril con el Cea, al fondo del valle de Valdetuéjar. En lo más alto, la colegiata de la Virgen de la Vellilla que, con su torre octogonal, da fe del poderío económico del señor de la comarca, de los marqueses de Prado, que tuvieron el mejor palacio de León, hoy trasladado parcialmente al obispado leonés. Muy cerca, tres lagunas con aspecto idílico intentan ocultar que hace poco tiempo fueron socavones para extraer carbón a cielo abierto.

El ferrocarril, llamado popularmente como el “hullero”,  guía el trayecto del Camino Olvidado hacia Boñar para atravesar el río Porma, La Vecilla con el Curueño (el río del olvido para el escritor leonés Julio  Llamazares, otra vez juntos los términos olvido y olvidado), los ríos Torío y el Bernesga en La Robla, fin del recorrido ferroviario. Más al occidente sigue el Camino por tierras de Omaña y el Bierzo para unirse finalmente al Camino Francés, pero ese trayecto los ciclistas ya no lo hicieron porque buscaron el norte para dejarse caer a la vera del río Nalón hacia el Cantábrico. Y es que no cabe duda de que todos los viajes que realizamos lo hacemos alrededor de uno mismo.

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