En la segunda mitad del siglo VIII, con las tropas norteafricanas campando por la Península, el prestigio del Beato de Liébana legitima al reino cristiano asentado en Asturias frente al poderoso obispado de Toledo. En el Concilio de Fráncfort (794), presidido por el mismísimo Carlomagno, consigue que el adopcionismo defendido por Elipando, obispo primado de Toledo, (auténtico “testículo del Anticristo” según palabras del Beato) sea condenado a ser considerado como herejía, lo que equivale a su rendición religiosa y política con el consiguiente debilitamiento entre su gente.
Además de esta victoria, el monje de Liébana ya había creado un símbolo que debía dar cobertura religiosa, política y económica al reino cristiano del norte, el que tenía que conquistar tierras en su avance hacia el sur. Fue la “inventio” de Santiago matamoros con el descubrimiento de su tumba en Compostela en torno al año 830.
Estos logros para establecer el nuevo orden godo en el norte peninsular fueron posibles gracias a la influencia del Beato en el palacio praviano de Adosinda, mujer del rey asturiano Silo, y de los reyes Mauregato y Alfonso II. Este último es el rey que traslada la corte a Oviedo desde Pravia a finales del siglo VIII. Esta ubicación real permanece estable hasta que Alfonso III reparta las tierras entre sus tres hijos.
En el año 910 García I traslada la corte de Oviedo a León que, con el paso del tiempo, intenta buscar su propia identidad. Aunque la figura salvadora de Santiago ya tenía consistencia popular, a los leoneses les quedaba muy fantástica y un poco lejana por lo que proponen otro santo patrón que sea de su devoción, el cercano san Isidoro.
El que será conocido más tarde por san Isidoro de Sevilla («el más santo de los sabios y el más sabio de los santos») murió en el año 636 en la capital andaluza con una escenificación propia del cristianismo primitivo, cubierto de arpillera y con la cabeza llena de ceniza. Fue trasladado de Sevilla a León en 1063 para que la corte leonesa pudiera venerar una nueva reliquia en una época en la que la posesión de estas constituía una muestra de poderío y un importante centro de atención. Un ejército de 700 hombres encabezado por dos obispos y otras autoridades fueron hasta Sevilla para traer su cuerpo con todo el boato posible.
En torno a la corte de León ya existían cerca de 2.000 reliquias, como la mandíbula de san Juan Bautista y el cuerpo infantil de san Pelayo, pero la competencia era feroz y era necesario oscurecer el prestigio que estaba alcanzando la tumba de Santiago, tan lejana.
Fernando I y doña Sancha consiguen que el rey de la taifa de Sevilla, que era deudor de la corte leonesa, les dé el cuerpo del santo para llevarlo a su reino.
La llegada de los restos de san Isidoro a León fue acompañada del aura de santidad que tuvo en su tierra. Nadie olvidaba su contribución a que los visigodos, los nuevos amos del territorio, abandonaran el arrianismo para seguir las directrices papales. Y todos tenían presente la sabiduría y prestigio que emanaban sus escritos entre los fieles. Fue recibido por la familia real, ocho obispos, abades y un pueblo que se movía ansioso contemplando un espectáculo en el que no faltaban milagros imposibles de creer entre los sonidos atronadores de trompetas, chirimías y redobles de tambores.
La colegiata con el románico más deslumbrante de la cristiandad es desde entonces su sepulcro, cerca del Panteón de los Reyes (la llamada Capilla Sixtina del arte románico), próximo al cáliz de doña Urraca, considerado el santo grial. En la corte del emperador Alfonso VII, el que diseñó el llamado pendón de Baeza, donde aparece san Isidoro (y no Santiago) como el jinete que dirige las tropas cristianas en su avance por las tierras andaluzas de Baeza y Antequera. Sus restos reposan en el mismo recinto en el que el último rey leonés, Alfonso IX convoca en 1188 la Curia Regia del Reino de León, en el que por primera vez participan, al lado del clero y la nobleza, los representantes de las ciudades y villas, considerado por la UNESCO desde 2013 como la cuna del parlamentarismo europeo. En este claustro se aprobaron por escrito los primeros derechos de las mujeres, la inviolabilidad del domicilio, la libertad de comercio, la necesidad real de convocar cortes antes de declarar la guerra y otros derechos individuales y colectivos que protegen a los ciudadanos y a sus bienes contra los abusos y arbitrariedades del poder de los nobles, del clero y del propio rey. Un texto medieval que nos acerca a la modernidad.