La inmigración en la novela española actual: narrar la frontera, habitar el viaje

La literatura española contemporánea ha encontrado en la inmigración uno de sus territorios narrativos más fecundos y complejos. Desde finales del siglo pasado, y especialmente en las dos primeras décadas del XXI, nuestra narrativa ha experimentado una renovación temática y formal en la que la figura del inmigrante —con su carga simbólica y real de mercancía a la que hay que arrancar el mayor beneficio económico, aunque en el fondo se le vea como una persona digna de lástima—  ocupa un lugar central. Este fenómeno responde a una realidad social innegable: España pasó, en pocas décadas, de ser un país de emigrantes a convertirse en destino de miles de personas que buscan mejores condiciones de vida, huyen de conflictos o persiguen sueños que muchas veces chocan con la dureza de la frontera y la precariedad.

Algunas novelas dan voz a los propios migrantes en un intento de conseguir la necesaria verosimilitud, otras exploran la mirada del español autóctono ante una realidad que no logra entender del todo, otras combinan ambas. En la mayoría de los casos, la narrativa migratoria española entronca con la tradición realista y testimonial. Pero también hay ejemplos que optan por el simbolismo y la alegoría para exponer la precariedad y la exclusión.  El resultado es un corpus literario heterogéneo que refleja no solo la evolución de la sociedad española, sino también una creciente conciencia crítica sobre la migración clandestina, el racismo cotidiano, la explotación laboral, los mecanismos de exclusión y la fragilidad de las esperanzas que sostienen a quienes dejan atrás su país de origen.

Aunque a España llegan gentes de todas las partes del mundo, la literatura se centra fundamentalmente en los inmigrantes más desfavorecidos, los que huyen de la miseria o de la situación política o social, seres marginados en su país de origen y en el de acogida. Deja aparte a un importante número de ciudadanos (generalmente europeos) que residen en zonas con más o menos lujo.  Tampoco la creación literaria recoge las experiencias de las comunidades orientales y escasamente a los inmigrantes eslavos.

Constituye una excepción “La ciudad feliz” (2009, XXV Premio Jaén de Novela) en la que Elvira Navarro pone en los ojos de un niño chino que llega a una ciudad española la nueva realidad a la que se tendrá que adaptar.

Entre las escasas obras sobre los inmigrantes eslavos, el gaditano Eduardo Mendicutti publicó “Los novios búlgaros” (1993) en la que el protagonista, el búlgaro Kyril, un chapero sin escrúpulos con vínculos mafiosos, consigue sus propósitos en un escenario propio de la picaresca española. En “Ucrania” (Premio Málaga de Novela 2006), Pablo Aranda nos pone en la piel de una ucraniana formada académicamente que tiene que trabajar en nuestro país en el servicio doméstico. Es este un trabajo muy tratado en la narrativa, como es el caso de Olivia, la asistenta doméstica ecuatoriana retratada por José Ovejero en “Nunca pasa nada” (2007), que emigra a España para poder pagar los gastos de la operación y la hospitalización de su madre. Es una situación similar a la que hizo referencia Juan Goytisolo en su artículo periodístico “Españolas en París, moritas en Madrid” (1999) en el que nombra un manual francés del año 1964 donde la emigrante española aparece vestida con su uniforme habitual: delantal y cofia.

Una salida profesional cercana al servicio doméstico es la prostitución, generalmente femenina como en “Crematorio” (2007) de Rafael Chirbes, aunque también puede afectar a los hombres, como el citado Kyril en “Los novios búlgaros”, que tiene que satisfacer los deseos de su protector. En “Los príncipes nubios” (Premio Biblioteca Breve 2003) de Juan Bonilla, el protagonista rescata en el submundo de la clandestinidad los ejemplares mejor dotados para convertirlos en máquinas sexuales para un exquisito club.

Efectivamente, el grueso de la literatura española que trata sobre este tema se centra en los inmigrantes africanos y su llegada a las costas españolas. Es la llamada “literatura de pateras y cayucos”. Andrés Sorel con “Las voces del Estrecho” (2000), constituye la cabeza más visible y aventajada de esta corriente literaria. Construyó una novela de estructura polifónica donde un conjunto de voces de inmigrantes ahogados son escuchadas por el sepulturero del cementerio de Zahara de los Atunes.

En 2005 Armando Murias publica “Nómadas”, una novela  que recoge las voces de los primeros africanos que llegaron a España, son cientos los caboverdianos que fueron a trabajar a principios de los setenta a las minas leonesas de Laciana. Se habían independizado de Portugal y la miseria los expulsó de su país.

Más adelante, Ángeles Caso publica “Contra el viento” (Premio Planeta 2009), donde vuelve a aparecer una caboverdiana, Sao, en el trabajo doméstico.

Desde otro punto de vista, la marroquí Najat El Hachmi en un texto primerizo de corte autobiográfico, “Jo també sóc catalana” (2004), propone un análisis de su vivencia en la Península a través de sus memorias y de un diálogo imaginario con su hijo: la percepción de los magrebíes en Cataluña, la dificultad de ser aceptada como una más en la sociedad, la conflictiva búsqueda de armonía entre dos cosmovisiones distintas. Su mirada revela las tensiones dentro de las propias comunidades migrantes: el peso de la tradición, el choque generacional, la presión de la sociedad de acogida. Su escritura se inscribe en lo que algunos críticos llaman “literatura de la diáspora”, que desborda las etiquetas de “inmigrante” o “africana” para reclamar un espacio propio dentro del canon español.

Respecto a los protagonistas latinoamericanos, su procedencia es diversa (República Dominicana, Ecuador, Venezuela, Colombia, Cuba, Perú), aunque se observa poca inclinación de los novelistas españoles para elegir personajes argentinos, chilenos y mexicanos como representantes de la inmigración laboral hacia España.

Este es el caso de Juan Carlos Méndez Guédez, venezolano afincado en Madrid, y su novela “Una tarde con campanas” (2004) en la que desde la perspectiva de un niño latinoamericano se recogen las impresiones que un extranjero se lleva de España.

Isaac Rosa, en «El país del miedo«(2008), aborda la inmigración desde la perspectiva del miedo y la paranoia que se alimenta de la diferencia. En su novela, el inmigrante encarna la inseguridad percibida por la clase media española. El miedo, convertido en protagonista, se convierte así en un motor de discriminación y en un mecanismo de control social.

En un apartado diferente (con dos ejemplos muy representativos) está la literatura en español que trata sobre los movimientos migratorios a Estados Unidos. Con “Hot sur” (2012), la escritora colombiana Laura Restrepo da voz a María Paz, una de las muchas personas hispanoamericanas que buscan el destino en Estados Unidos y los enormes problemas que tienen solventar a diario. Un lugar especial es la frontera del norte de México, donde la violencia, el feminicidio y la cosificación forman parte de todos los noticieros. Una pesadilla que el escritor mexicano Emiliano Monge nos cuenta en “Las tierras arrasadas. Mapa de las lenguas” (2015, IX Premio Iberoamericano de novela Elena Poniatowska)

Esta temática también interesa a los que empiezan a leer, como “Fronteras de papel” (2006) del laureado Jordi Sierra i Fabra o “Alma y la isla” (XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil 2016) de Mónica Rodríguez.

Aunque la realidad nos sigue mostrando a diario escenas dramáticas de muertos, desaparecidos, heridos y rescatados en las costas españolas, la literatura última quiere ofrecer, también, otras visiones narrativas. Es el caso de “Una tierra tan lejana” (2025) de Armando Murias, en la que los tres inmigrantes de la novela son protagonistas de historias más íntimas, pasionales y también contradictorias, como la propia condición humana.

La presencia de la inmigración en la novela española actual muestra, en definitiva, una voluntad de abrir grietas en el relato dominante. Frente a la retórica mediática o política que reduce la complejidad humana a estadísticas y consignas partidistas, esta literatura recupera pueblos, habitantes, nombres, rostros y voces. Deja muy claro que narrar la inmigración es narrar la frontera no solo física —la patera, el cayuco, el mar, la valla, el aeropuerto— sino también simbólica: la barrera invisible que separa al ciudadano legal del “sin papeles”, al integrado del excluido.

Esta literatura revela también las tensiones internas de la sociedad española ante su propio pasado, repleto de salidas de compatriotas para América y después para los países industrializados de Europa, la persistencia de prejuicios raciales, la incansable limpieza de sangre, la dependencia de mano de obra barata y la dificultad de construir un modelo de convivencia verdaderamente inclusivo. La novela se convierte, así, en un espacio de resistencia, de memoria y de diálogo.

Armando Murias Ibias

Un comentario sobre “La inmigración en la novela española actual: narrar la frontera, habitar el viaje

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