En Oviedo, muy cerca del parque Purificación Tomás, culebrea un torrente de agua que la cartografía oficial llama arroyo de san Claudio, barrio por el que pasa antes de dar sus aguas al Nora. El río (lo es porque lleva agua constantemente, incluso en los veranos más secos) nace en lo alto del Naranco e introduce sus aguas en la cueva llamada Boquerón de Brañes para recorrerla durante 6 km. Después de la travesía subterránea aparece luminoso y fortalecido en otra cueva escondida en la frondosidad de un vergel lleno de vegetación de tipo atlántico.
Más abajo de esta cueva, el agua se despereza, cristalina y ruidosa, con una juventud recién recuperada por estrechones, balsas y cascadas. Algunos puentes de hechura artesanal permiten vadear sus aguas turbulentas, entre troncos, lianas y ramas combadas. De vez en cuando recibe aguas huérfanas, como una medicinal que sirvió para que a su vera se levantase el hospital Monte Naranco, antiguo centro antitubercoloso. Todavía conserva un depósito elevado de las aguas medicinales.
A lo largo de su corto recorrido, las aguas movieron las muelas de cinco molinos harineros. Entre las diferentes tipologías, sobresale uno en el que descata un dintel de piedra con la misma estética que luce la fachada de la antigua facultad de Derecho, un edificio renacentista.
Pocos metros más abajo, después de una intensa y alocada juventud, el río encauza sus aguas por las afueras de la ciudad, separa los barrios de La Florida y Las Campas, rodea la fábrica de loza de san Claudio, ya abandonada, y deja su caudal con placidez en el río Nora.
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