Roma resucitada

Aunque la tradición califica a la ciudad como Roma eterna, quizá sea más preciso llamarla Roma resucitada.

¿Por qué?

La ciudad fue capital indiscutible de la República y del Imperio durante siglos, hasta el año 330 en el que el emperador Constantino I lleva la capitalidad a Constantinopla. Después, en el año 395, con el Imperio Romano de Occidente, la capital se establece en Rávena. Por lo tanto, Roma deja de ser capital mucho antes de la derrota del último emperador en el 476.

Constantino I no solo le quita la capitalidad a Roma, También firma el edicto de Milán en 313 por el que se proclama la libertad de cultos y él mismo se declara cristiano. Su vida no fue muy ejemplar, entre otras atrocidades envenenó a su hijo mayor, Crispo, y mató por asfixia en las termas a su mujer, Fausta, aunque es santo para la iglesia ortodoxa y la bizantina griega. Poco después, en el 380, Teodosio proclama al cristianismo como la religión oficial del Imperio.

Fue el fin de la tolerancia y el principio de la intransigencia monoteísta porque su fin era terminar con toda la cultura clásica grecorromana, a la que consideraban alejada de los escritos bíblicos.

En pocos años el fanatismo de los cristianos destruyó todo lo que fuera ajeno a sus creencias, desde la biblioteca de Alejandría en el 391 hasta todos los edificios que consideraban paganos. En el 385 decapitan al obispo Prisciliano por la herejía de brujería y gnosticismo. Era el principio de una larga historia de ajusticiamientos en nombre de la ortodoxia dictada por el papa del Vaticano.

En la Roma que había perdido la capitalidad, pero que todavía conservaba el prestigio de tiempos mejores eliminan todos los vestigios paganos, algunos los cristianizan y se salvan (Panteón) y con los que no pueden (Coliseo) los expolian y los dejan caer. Es en esos momentos cuando se puede decir que “Roma delenda est”, destruida no por los bárbaros que vivían fuera de sus fronteras sino por la intransigencia de la nueva religión que aupó el emperador Teodosio.

Pero Roma resucitó algunos siglos más tarde. Resucitó como el ave Fénix por obra y gracia de los mismos que la habían aniquilado.

El poder del cristianismo creció desmesuradamente y continuó los pasos de los emperadores romanos. Siguiendo su estela, se apropiaron de la colina Vaticana en la que construyeron su residencia, como lo habían hecho antiguamente los emperadores en la Palatina. Se protegen con una muralla de seis puertas y con un símbolo en la plaza más importante, es el mismo obelisco egipcio que había traído Calígula para colocarlo en el circo Máximo. En torno a él Bernini construye una plaza rodeada por 284 columnas de 16 metros de altura, el mismo número de arcos que tenía el Coliseo, con piedra travertino, mucha de ella sacada del mismo edificio que se abandonó. La obra de la basílica y de la columnata la construyeron penitentes que tuvieron que expiar sus pecados para no ir al infierno y se financió con la venta de bulas por las que los ricos pudieran comprar el cielo. Todo bajo el poder del papa Alejandro VII, nieto de uno de los prestamistas más ricos del momento y nieto del papa Paulo V.

Alejandro VII

En su afán por imitar la época más gloriosa del imperio Romano y del antiguo Egipto, los papas eran conducidos hasta hace poco sobre sillas gestatorias, con la cabeza cubierta por la tiara más ostentosa y un suntuoso manto sobre su cuerpo. Todavía se protegen con la guardia suiza como lo hacían los emperadores con la guardia pretoriana, formada únicamente por hombres jóvenes y célibes. Además, se consideran “pontifex maximus”, como los emperadores. Siguen la costumbre de los monumentos funerarios egipcios, auténticas obras faraónicas en las que los cuerpos de algunos papas reposan en una exclusiva capilla en la basílica de san Pedro, el resto en la cripta bajo la basílica.

En la actualidad, el Vaticano es un estado teocrático con una monarquía absoluta en la que el papa tiene los tres poderes civiles (legislativo, ejecutivo y judicial). Además de ser el jefe del estado más pequeño en extensión y población, el papa es el jefe espiritual de la religión más extendida, con el símbolo corporativo más conocido (la cruz) y con la cobertura mundial más extensa (iglesias), con influencia para modificar calendarios (festividades, calendario gregoriano). La voz del Vaticano es oída en los cinco continentes, a pesar de su alergia a las evidencias científicas que mueven el mundo (Galileo) y como excelentes continuadores de la Roma clásica siguen empleando sutiles actividades para seleccionar a los mejores, como lo hizo el primer emperador cristiano, Constantino I el Grande.

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