La llegada de una moda literaria

Sorprende pasear por una ciudad totalmente peatonal donde ni las bicicletas tienen su espacio. Sorprende más si esa ciudad tiene tantas calles como canales navegables.

Su configuración urbanística aún conserva la estructura medieval de tal manera que, si le quitáramos la electrificación, sería posible adentrarse en su época de mayor esplendor, cuando la ciudad controlaba todo el comercio del Mediterráneo oriental, cuando la tolerancia permitía convivir a católicos, reformistas, musulmanes y judíos sin que la Inquisición hiciera acto de presencia, cuando cada familia enriquecida levantaba un palacio más espectacular que su vecino, cuando cada campanario nuevo quería tener más cerca el cielo, cuando todos los artesanos quería atraer a sus talleres las miradas y los dineros de todos los que por allí pasasen.

Y por encima de todo ello la Serenísima República de Venecia, dirigida por un sistema en el que el dux es elegido, un cargo vitalicio que no es dinástico, un referente político alabado por los teóricos de la política, como Maquiavelo, tan distinto a la maquinación que encumbró a los Medici en Florencia.

La delicada relación entre el poder civil y religioso se manifiesta en los dos monumentos más representativos, la catedral de san Marcos y el Palacio Ducal, juntos, aunque ninguno de los dos destaca en altura y con una singularidad, desde el mar el palacio oculta la catedral, pero desde tierra es más visible la catedral, una es colorista, llamativa, por el contrario, el palacio es monocromo, imponente.

Este centro de poder no pudo resistir durante más tiempo el empuje de la historia y empieza a debilitarse a principios del XVI, cuando el imperio Otomano se hace fuerte en esa zona y cuando el comercio ya gira en torno al Atlántico y con América.

Curiosamente, con este declive político y económico surge otro, el cultural, una vitalidad que trae al mundo a músicos como Antonio Vivaldi , pintores como Giovanni Battista Tiepolo o el dramaturgo Carlo Goldoni.

A este elenco hay que sumar otro hijo veneciano, aunque nacido en la cercana isla de Murano, Andrea Navagero, poeta, embajador y cronista de la República. En uno de sus viajes, como embajador ante la corte de Carlos I, coincidió en Granada con el poeta Juan de Boscán en el año 1526. Hablaron de algunas cosas y también de poesía. En esa conversación el veneciano convenció a su interlocutor para introducir en castellano nuevas formas, como los versos endecasílabos y la lira, y unos nuevos temas, el amor platónico que había iniciado Francesco Petrarca al seguir los pasos del perfeccionista Horacio ( con el beatus ille, carpe diem, etc). El resultado fue innovador, pero tremendo, aniquiló la tradición poética española, basada en el romance y con otros temas más variados. Un poco después esta moda italiana invadió todo el continente y uniformó para siempre la poesía, como ya lo habían intentado años atrás los temas de Bretaña y el Mester de Clerecía.

Toda la historia que atesora la ciudad, reflejo de los cerca de dos mil años en los que el ser humano se esforzó en mostrar sus destrezas en el comercio y su ingenio cultural, se está hundiendo en el fango de una laguna donde hace millones de años nació por primera vez la vida.

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