En la planicie leonesa que lleva del macizo montañoso del Teleno (con 2.188 m) al río Órbigo se sitúa La Maragatería. En su capital (Astorga) levantaron los romanos Astúrica Augusta, el campamento donde se asentaba la Legio X Gemina y que después daría nombre a los astures, que se extendían antes de la cordillera (cismontanos) y más allá, cerca del mar (los ultramontanos). Los romanos, al escoger este emplazamiento militar, querían controlar todos los movimientos que se originaban en las cercanas Médulas, el mayor yacimiento de oro del Imperio.
Muchos siglos después, los maragatos medievales aprovecharon esas calzadas romanas para transportar todo tipo de productos. Son los arrieros maragatos, especialistas en esta especialidad, muy fiables y tan bien valorados que la Corona española les llegó a encargar el transporte de oro y la recaudación de impuestos que aseguraban con su propio patrimonio. Controlaban la Vía de la Plata hacia el sur, la vía XVIII hasta Braga, la romana Bracara Augusta, y hacia el este por la vía XXXIV, que comunica con León, Zaragoza y Burdeos.
Con el tiempo, cuando Felipe II lleva la capital a Madrid, se van a especializar con la capital de España, que la surtirán con el pescado gallego, sobre todo en la época de Cuaresma. En uno de esos viajes, un carromato que transportaba pulpo gallego hacia el sur se cruzó con una recua que llevaba, entre otras cosas, sal, aceite y pimentón de la Vera, para el norte. En ese encuentro en una posada cualquiera o en una feria norteña nació lo que hoy se denomina pulpo a feira o pulpo a la gallega, una comida con solo cuatro ingredientes, uno de cada esquina: pulpo, sal, aceite y pimentón.
También se dedicaron durante algún tiempo al transporte de viajeros en diligencias que tardaban 4 días de Galicia a Madrid. Pero la llegada del ferrocarril en 1866 terminó con el mundo de los arrieros, que supieron adaptarse a la adversidad de las circunstancias y siguieron haciendo lo que mejor sabían hacer, comerciar, pero en sus propias tiendas. En la actualidad, los maragatos todavía controlan totalmente el gremio de pescados en Madrid y todo el noroeste peninsular.
Testigos callados de aquella época de trashumancia son los pueblos maragatos (como Castrillo de los Polvazares o Santiago Millas) donde las casas nos hablan de cómo eran aquellos refugios, sobre todo en el invierno, en los que descansaban los arrieros, las mulas y los carromatos. Un elemento era el que determinaba el nivel social del morador, el escaparate donde se mostraba en un instante el interior de la casa: los portones que se abrían a las recuas y carros.
Hay portones muy simples:

Con vivienda arriba:

Con dovelas muy trabajadas:

Y también casas blasonadas con más de un portón:

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