Toledo con todas las letras

El origen del topónimo ya nos ofrece pistas sobre la multiculturalidad de la ciudad. La primera parte del nombre procede de la raíz céltica TOL, relacionada con el agua. El segundo elemento, del latín -ETUM, hace referencia a la abundancia de algo. Con el tiempo, otras culturas y otras lenguas se asentarían sobre el cerro rodeado en gran parte por el río Tajo.

Además, entre el laberinto formado por sus retorcidas callejuelas nació la literatura que forjó nuestra lengua, en contacto con el saber de la época, en la Escuela de Traductores o la corte de Alfonso X el Sabio.

En la Égloga III, el poeta toledano Garcilaso de la Vega ve en el Tajo no solo agua, sino un paraíso donde las ninfas tejen ricas telas que narran historias de amor y tragedia. El poeta-soldado divinizó el paisaje toledano dotándolo de una sensibilidad renacentista que transformó la ciudad en el epicentro de la lírica moderna.

Pero Toledo es más que eso porque en las juderías y callejones toledanos se mueve la alcahueta más famosa de las letras hispanas. Por el entorno urbano de altos muros, arrabales, escaleras y huertos cerrados, la magia de La Celestina une los cuerpos de Calisto y Melibea en el tétrico baile del deseo y la muerte.

Efectivamente, Toledo en el XVI era un hervidero de contrastes: la opulencia de la Iglesia frente a la miseria de los hidalgos que, como el tercer amo del Lazarillo de Tormes, se paseaban por la Cuesta del Alcázar fingiendo haber comido cuando solo tenían aire en el estómago. Va a ser en Toledo donde el protagonista literario termina su periplo vital al asentarse, tras pasar mil penalidades, como pregonero de vinos.

Miguel de Cervantes sentía una debilidad especial por Toledo, a la que llamó «peñascosa pesadumbre» y «gloria de España». En El Quijote, la ciudad aparece como el lugar donde el autor afirma haber encontrado los cartapacios de Cide Hamete Benengeli en el Alcaná (el antiguo barrio comercial). Sin Toledo, técnicamente, no existiría el Quijote tal como lo conocemos. Pero es en sus Novelas Ejemplares donde la ciudad cobra un protagonismo absoluto. En La ilustre fregona, el Mesón del Sevillano se convierte en el epicentro de una trama de identidades trocadas, mientras que en La fuerza de la sangre, los escenarios urbanos toledanos sirven para narrar una historia de honor y redención.

El teatro barroco también echó raíces en la ciudad. Lope de Vega vivió en Toledo largas temporadas, especialmente durante sus periodos de sosiego o alejamiento de la corte madrileña. En sus comedias, Toledo aparece como un personaje más, un espacio de galanteo y enredo. Por su parte, Tirso de Molina —fray Gabriel Téllez— residió en el convento de la Merced y ambientó aquí obras fundamentales como Los cigarrales de Toledo. Al mismo tiempo, el poeta místico San Juan de la Cruz escribió parte de su Cántico Espiritual mientras estaba encarcelado en un convento toledano, convirtiendo su celda en un espacio de libertad absoluta a través del verso.

Fue también Toledo la que acogió al Greco, el ambiente espiritual y místico de sus sombras conventuales influyó en la visión del mundo del pintor cretense con el uso expresivo de la modernidad en pleno barroco.

Con la llegada del siglo XIX, la imagen de Toledo cambió. Ya no era la capital del Imperio, sino una ciudad melancólica y decadente que fascinó a los románticos. Gustavo Adolfo Bécquer encontró en sus ruinas mudéjares y conventos la inspiración para sus mejores LeyendasEl besoLa rosa de pasión o El Cristo de la Calavera están indisolublemente unidas a rincones específicos de la ciudad. Bécquer supo captar el «alma» de Toledo: ese silencio de los sepulcros que solo se rompe por el sonido de una campana lejana o el murmullo del viento entre las piedras góticas. Para él, Toledo no era una ciudad de este mundo, sino un umbral hacia lo sobrenatural. En el patio del abuelo de Teresa de Ávila, un judío converso, plantó un laurel que quiso ser eterno, pero que el tiempo secó el año pasado. Por otra parte, José Zorrilla escribe A buen juez, mejor testigo, donde se mezclan historia y religiosidad en el Cristo de la Vega.

Tampoco Toledo pasó desapercibida para los novelistas del Realismo. Benito Pérez Galdós la retrató en Ángel Guerra, capturando la atmósfera espiritual y clerical de finales del XIX. Incluso autores internacionales, como el atormentado Rainer Maria Rilke, quedaron prendados de su verticalidad y su luz, viéndola como una ciudad que se eleva hacia lo divino.

Toledo no se puede entender sin sus escritores, ni la literatura española se puede entender sin Toledo. La ciudad ha sido, a la vez, musa y escenario; ha prestado sus calles para que por ellas caminaran pícaros, hidalgos, priores, caballeros, alcahuetas, amantes desesperados y poetas místicos. Hoy, al pasear por el barrio de los canónigos, por los arrabales judíos o al bajar hacia el puente de Alcántara, uno no puede evitar sentir que, en cualquier esquina, podría encontrarse con la sombra de un hidalgo cervantino o escuchar el eco de una rima de Bécquer. Toledo es, en definitiva, la capital eterna de nuestra imaginación literaria.

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