La magia del tiempo

Una aproximación de la literatura a la física cuántica en torno al tiempo

Por su riqueza léxica, TIEMPO es una palabra que plantea algunos problemas a la hora de abordar su definición. El DRAE recurre a sinónimos en sus primeras acepciones (duración, magnitud, parte, época, oportunidad). Necesita 18 acepciones para abarcar su espacio lexicológico, donde está presente la esgrima, la gramática, la marina, la mecánica, la música. Además, el diccionario académico acredita 91 locuciones en las que la palabra aumenta el significado (tiempo absoluto en la física de Newton, tiempo compuesto en la gramática, tiempo medio en la astronomía, etc).

También es una palabra polisémica (tiempo cronológico y atmosférico), abstracta y concreta, contable y no contable y con otras peculiaridades en las que no vamos a extendernos aquí.

En la literatura el tiempo constituye un instrumento fundamental en la construcción de relatos. Desde los primeros relatos míticos hasta las novelas contemporáneas, los escritores han encontrado en el tiempo un marco donde situar los acontecimientos y explorar la condición humana. La literatura refleja el paso de los años, la memoria y la fugacidad de la vida. Es, por tanto, una herramienta artística que permite construir personajes y organizar narraciones y sentimientos.

Antes de continuar, es necesario aclarar que aquí no se pretende afirmar que las innovaciones literarias sean una consecuencia directa de las teorías científicas o viceversa. Más bien, ciencia y literatura participaron en una transformación intelectual más amplia que puso en cuestión las certezas sobre el espacio, el tiempo y la realidad.

Aunque la correlación que hay entre literatura y ciencia en torno al concepto de tiempo puede venir de lejos, aquí me voy a centrar en los últimos siglos. Para ello tomaré el ejemplo de tres posiciones dentro del mundo de la física y trataré de relacionarlas con la literatura.

La primera cala la establezco en el físico inglés Isaac Newton (siglos XVII y XVIII). Newton concibió un tiempo objetivo, lineal y medible, una idea que hay que relacionar con la literatura al consolidar la idea de un universo ordenado y regido por leyes. La narrativa tradicional coincide, en buena medida, con esa concepción lineal de la física clásica: un comienzo, un desarrollo y un desenlace. Así ocurre con el origen de la novela moderna (Quijote) y con la consolidación de las grandes obras narrativas del Realismo durante el siglo XIX: Madame Bovary (Flaubert), Ana Karenina (Tolstoi) y La Regenta (Clarín) en las que el tiempo narrativo obedece al esquema clásico de presentación, nudo y desenlace, lineal, objetivo y perfectamente medible, tal como postulaba la física de Newton.

Más adelante, ya en el siglo XX, el alemán Albert Einstein dio un vuelco a la física al demostrar que el tiempo es relativo. Su transcurso depende de la velocidad del observador y de la intensidad del campo gravitatorio en el que se encuentra. Con la teoría de la relatividad, el tiempo dejó de ser un escenario fijo en el que sucedían los hechos para convertirse en una dimensión inseparable del espacio: el famoso binomio en la física de Einstein: espacio y tiempo.

Allí donde la física descubre que el tiempo depende de la posición y del movimiento del observador, la ficción muestra que también cambia según la conciencia que lo vive. Así, relatividad y literatura coinciden en una idea fundamental: el tiempo no es únicamente lo que miden los relojes.

La novela moderna exploró precisamente esa multiplicidad. En Marcel Proust, el pasado no permanece definitivamente atrás, sino que puede reaparecer inesperadamente a través de una sensación. Ya el título lo dice todo (En busca del tiempo perdido (1913) y la famosa magdalena) En Virginia Woolf, el tiempo exterior del reloj convive con el tiempo interior de la conciencia. En William Faulkner, diferentes voces y perspectivas fragmentan la cronología y muestran que un mismo acontecimiento puede existir de maneras distintas según quien lo recuerde.

Con las vanguardias literarias que surgieron hace ahora cien años, los famosos ismos (surrealismo, futurismo, dadaísmo, creacionismo, etc.) postularon en sus manifiestos la ruptura de las normas que regían en esos momentos la creación literaria

En Ulises (1922), James Joyce no se limita a contar lo que sucede a sus personajes durante un día (16 de junio de 1904) en el espacio de Dublín: convierte ese día en un espacio donde se concentra toda una existencia. El tiempo deja de ser una línea cronológica para convertirse en una dimensión interior, fragmentaria y cambiante, relacionado con el espacio.

La estructura temporal de Ulises establece, además, un diálogo con La Odisea de Homero. El viaje de Leopold Bloom por Dublín durante un día reproduce, de manera paródica y moderna, el largo viaje de Ulises por el Mediterráneo. Así, Joyce convierte un tiempo cotidiano y aparentemente insignificante en una experiencia épica. El pasado mítico y el presente moderno quedan superpuestos, de modo que diferentes épocas parecen coexistir dentro del relato.

Uno de los procedimientos fundamentales para conseguir esta ruptura de la temporalidad es el monólogo interior, tan presente en la obra del novelista irlandés. Los pensamientos de los personajes no siguen una secuencia ordenada, sino que saltan continuamente entre presente y pasado. Un estímulo aparentemente trivial puede desencadenar un recuerdo lejano, y ese recuerdo puede conducir a otro pensamiento. El tiempo narrativo se vuelve, de este modo, subjetivo y discontinuo.

Y ya más cercano a nosotros, el tratamiento del tiempo en la física cuántica constituye uno de los problemas más complejos y sugerentes de la ciencia contemporánea.  La teorización corresponde al físico alemán Werner Heisenberg, premio Nobel en 1932 por la creación de la física cuántica.

La física cuántica introduce un universo en el que el tiempo no siempre puede describirse como una sucesión clara y determinada de acontecimientos porque plantea paradojas e interrogantes sobre la realidad, como el principio de incertidumbre o el principio de superposición.

El principio de incertidumbre fue formulado por W. Heisenberg en 1927 y se puede simplificar en la idea de que cuanto mayor es la precisión con la que conocemos la posición de una partícula, mayor es la incertidumbre sobre su movimiento, y viceversa. Es parecido a intentar fotografiar una abeja que vuela: si queremos saber con enorme precisión dónde está en un instante concreto, obtenemos una imagen muy localizada, pero sabemos menos sobre la dirección y velocidad exactas de su trayectoria. Si observamos su vuelo durante un tiempo, podemos conocer mejor su movimiento general, pero resulta más difícil señalar con absoluta precisión su posición en un instante determinado.

Por otra parte, el principio de superposición fue teorizado por el físico austriaco Erwin Schrödinger, premio Nobel en 1933. Este principio dice que una partícula puede existir en varios estados o lugares al mismo tiempo. Solo adopta un estado definido cuando alguien la mide u observa. Se suele explicar con el ejemplo del gato de Schrödinger. Este físico pone a un gato en una caja cerrada con un frasco de veneno y un elemento radioactivo, cuando este actúe rompe el frasco y el gato morirá, pero antes el gato puede estar vivo o muerto debido a que una partícula puede tener dos estados hasta que se observa.

Paradoja cuántica del gato de Schrödinger

Los principios de incertidumbre y el de superposición en la literatura pueden entenderse como un procedimiento narrativo: del mismo modo que la física cuántica cuestiona la posibilidad de conocer con absoluta precisión la posición y el movimiento de una partícula, la literatura puede cuestionar la posibilidad de conocer con certeza la realidad, el tiempo, los personajes o incluso la propia historia que se está contando.

Por ejemplo, en una novela tradicional el lector suele disponer de un narrador que le permite reconstruir los acontecimientos con cierta seguridad. En cambio, en una novela experimental puede haber varios narradores, diferentes puntos de vista, saltos temporales, sueños, recuerdos y contradicciones, de manera que el lector ya no sabe cuál de las versiones corresponde exactamente a la realidad, igual que la paradoja del gato de Schrödinger.

Aunque el inicio del fragmentarismo literario se suele colocar entre El hacedor (1960) de Borges y Rayuela (1963) de Cortázar, conceptual el primero y lúdico el segundo, se fortalece con el libro titulado El mundo de la cultura cuántica (2003) de varios autores. En 1999 se crea en Granada el Grupo de estética cuántica en torno a Gregorio Morales y su libro El cadáver de Balzac: una visión cuántica de la literatura y el arte (1998).

Voy a actualizar el fragmentarismo con dos novelas de este siglo:

La novela póstuma 2666 (2004) de Roberto Bolaño está dividida en 5 partes autónomas que se pueden relacionar, mezcla realismo, ensayo, novela policiaca y reflexiones filosóficas con un gran número de personajes.

Paraíso grave (2026) de Guillermo Rico, editorial Camelot.

Características del fragmentarismo literario en este libro:

Discontinuidad estructural: El texto se divide en secciones, apartados, escenas breves o bloques autónomos que rompen la linealidad cronológica y lógica. El contenido del libro se divide en 8 actos donde se repite el título “Una simple cinta de vídeo” y el último lleva el título Acto 14’ 47’’

Finales abiertos o abruptos: Las piezas suelen terminar sin una resolución tradicional, exigiendo la participación del lector para conectar los vacíos

Minimización de la trama: Se reduce el peso de la acción externa o el argumento clásico para dar prioridad a la introspección, el perspectivismo o la atmósfera psicológica

Polifonía y pluralidad: Permite la coexistencia de múltiples voces, narradores, tonos, estilos o géneros (como la mezcla de ensayo, diario y lírica, episodios cinematográficos o en secuencias teatrales).

Como curiosidad, en el libro aparece la apreciación sobre el tiempo, eso que estamos tratando aquí, cuando escribe en la pág. 115: “El tiempo es un concepto abstracto. Sopa de ajo y pollo”.

Aunque hay autores que opinan que este movimiento de renovación estética no es nada nuevo porque todo esto ya estaba presente en Las mil y una noches y en nuestro Romancero medieval.

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