Esos ríos

Al lado de los grandes ríos que todos recordamos por su longitud, caudal y otras características geográficas y de otra índole, existen otros, insignificantes en su aspecto físico, fácilmente vadeables, pero con algún rasgo que conviene tener en cuenta.

Uno de ellos es el italiano Rubicón, el que cruzó ilegalmente Julio César con el grito «Alea iacta est» (la suerte está echada) para enfrentarse a la República romana e iniciar una guerra civil. El río, a pesar de su escasa consistencia, constituía una frontera con la Galia Cisalpina y estaba prohibido su paso.

En la actualidad permanece la expresión «cruzar el Rubicón» para señalar los inconvenientes de empezar una arriesgada aventura.

Otro río de estas características es el gaditano Guadalete, con una etimología que mezcla árabe con latín, y van a ser estos elementos (árabes y nuevos latinos) los que se enfrentan en sus alrededores en julio del año 711. Allí terminó sus días el rey Rodrigo y con él el reino visigodo en la península en favor de los árabes y bereberes comandados por el general omeya Tárik, ayudado por el conde cristiano don Julián, gobernador de Ceuta y enemigo del rey godo. La literatura, como ya ocurrió en época de Homero y la guerra de Troya, hizo otra lectura más sentimental, según la cual el rey Rodrigo violó a Florinda la Cava, hija de don Julián que, enfurecido, facilitó desde Ceuta la invasión del reino visigodo por gente africana. Así no lo cuenta el Romancero: Florinda perdió su flor, / el rey padeció castigo.

Y también: De la pérdida de España / fue aquí funesto principio.

Río Salado en su desembocadura en una playa gaditana

Más tarde Lope de Vega pondrá en escena la obra El último godo.

También en la provincia de Cádiz fluye el río Salado, en cuyas riberas tuvo lugar una batalla que pudo cambiar la historia. Fue la única vez que se unieron las tropas castellanas y portuguesas para frenar el vertiginoso avance de los bereberes del Sultanato benimerín. Aunque las huestes africanas triplicaban a las peninsulares, aquella derrota del agresivo Sultán Negro significó el fin del poder árabe en la península, relegado desde entonces únicamente al Reino nazarita de Granada.

Y finalizo con otros dos ríos gaditanos, también insignificantes en su caudal. El Cachón desemboca en Zahara de los Atunes, una de las tres almadrabas más importantes que tenía el ducado de Medina Sidonia en estas costas. En los meses que duraban las faenas en las instalaciones pesqueras se reclutaban temporeros para los trabajos necesarios. A esta llamada acudían trabajadores variopintos, entre los que se colaban pícaros, buscavidas y vividores. Eran estos los que se agrupaban alegremente en la desembocadura del río Cachón y dice la leyenda que de ahí proviene la palabra «cachondeo», un étimo que la RAE no desmiente.

Y por último, el cercano río Jarana, que da lugar a una palabra con un significado similar a la anterior, cuya etimología tampoco el DRAE se atreve a indicar.

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