Arriba, los Pirineos

Casi siempre son los ríos los que modelan un territorio a su capricho. Sus aguas correrán veloces si bajan por una zona montañosa, e irán más tranquilas si se mueven por la barriga de una planicie, antes de entregar su bien a otro río más grande.

Aragón debe su nombre al río rebelde que nace en los Pirineos. El río Aragón tiene una vida breve en esta tierra porque la abandona pronto para engordar su cauce en la vecina Navarra. Muchos kilómetros más abajo se junta con el Ebro en La Rioja, otra Comunidad que tiene nombre de río, sin que sea el más importante.

Efectivamente, el gran río de estas Comunidades norteñas (Aragón, Navarra, La Rioja) es el Ebro, el río de los íberos, que las atraviesa dándoles vida.

La historia de Aragón empieza en las estribaciones pirenaicas, en torno a las aguas abruptas de su río homónimo. La primera capital se funda en Jaca, una planicie en el centro de un amplio valle, que convierten en fortificación. Es un lugar estratégico donde marcan su territorio frente a los navarros que ascendían por su río, a los occitanos que saltaban la cordillera a través de Canfranc (el campo de los francos), y frente a los musulmanes que habían vadeado el Ebro.

Iglesia de Torla

Con el paso del tiempo, Jaca (Aragón) y Roncesvalles (Navarra) se consolidan como cabezas en el inicio pirenaico del Camino de Santiago. Esto significa que Jaca va a tener un importante desarrollo como núcleo urbano. Así, en el siglo XI se construye la catedral con estilo románico, una arquitectura que traen los peregrinos y que van a continuar por todo el Camino.

Claustro en Alquézar

El empuje de la Corona de Aragón llenó los riscos de castillos protectores (Loarre, Montearagón)

Castillo de Loarre

y las colinas con iglesias adosadas al campanario fortaleza (Torla, Aínsa).

A medida que avanza hacia el sur, cambia el paisaje y los materiales, así va sustituyendo la piedra por ladrillo (Alquézar) hasta llegar a la planicie más segura. Esta pacificación cambia las actividades, convierte los castillos en monasterios, los campos de batalla en viñedos. Son otras tierras y otros frutos, otros horizontes.

Es la hora de la capitalidad de Huesca.

Nabata expuesta en Aínsa

Hoy, la fuerza de atracción del gran río de los íberos atrae con la energía muda de un imán la vida a sus orillas, como las nabatas, que transportaban la madera de las montañas río abajo.

Mientras, en el norte, la lumbre se va apagando, como escribe Julio Llamazares al principio de su novela La lluvia amarilla:

Ainielle existe. En el año 1970 quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto.

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