Por el Cornión, entre cuernos y montes

De los tres macizos que componen Los Picos de Europa, el occidental es el más humanizado desde tiempos prehistóricos. También es el más amplio y con un mayor asentamiento humano. Al lado de moles calizas de imponente verticalidad, hay bosques colgados sobre los cursos fluviales (Versalina), extensas praderías donde el ganado se alimenta durante los veranos (en torno a los lagos), la concentración de las simas más profundas de España, fuentes (Vegarredonda, Vega de Ario, Peyu en la canal de Trea) y cascadas (del río Jerrera, por encima de Caín de Arriba)

El Cornión desde Collado Jermoso

El macizo central es el más abrupto y los humanos nunca encontraron abrigo en sus vertiginosos desniveles. Hoy, pertenece a los montañeros casi en exclusiva.

Por el oriental se adentraron los pastores con sus rebaños, pero la actividad minera terminó por expulsarlos.

El occidental se mitificó muy pronto. Un potente chorro de agua que sale de las entrañas de una roca vertical no dejó indiferente a nadie. Y si al lado de ese chorro hay una cueva, es lógico que encendiera la imaginación de todos los que pasaron por allí. De ahí que el origen del topónimo tenga varias interpretaciones: Cueva de la señora, de la montaña, del agua, etc.

Cueva de Covadonga

Con el tiempo, los pastores empezaron a subir el ganado de las tres leches (vacas, ovejas y cabras) a los fértiles pastos estivales en los que sobresalía una protuberancia sobre unos lagos también mágicos. A esa protuberancia la llamaron Cornión, metafóricamente del latín CORNUUM “cuerno, protuberancia” o de la base prerromana *CORB “montaña” con resultados actuales como Cuervo o Cuera. La razón de que no haya diptongación en la primera sílaba de los topónimos Cornión o Cornón hay que buscarla en que el sufijo aumentativo dejó átona a la primera vocal, incapacitada para el parto de dos sonidos. Más tarde, estos pastores descubrieron que no había un cuerno o montaña sino varios, pero mantuvieron la denominación en singular para todo el conjunto de cumbres situadas entre los ríos Cares y Dobra.

Grandes mamíferos en los pastos del lago Ercina. Al fondo, Torre de Santa María de Enol

Posteriormente, la magia de estos lugares hizo que se les atribuyeran hechos extraordinarios, como la batalla de Covadonga y la gesta del caudillo Pelayo. Fue un paso más en la mitificación religiosa del macizo. El resultado actual es que al Cornión se le llame también macizo de las peñas santas porque está coronado por la torre de Santa María y Peña Santa de Castilla, a un lado y otro del Jou Santo, cerca de la aguja del Corpus Christi.

Peña Santa de Castilla, el Torco y las Tres Marías desde el Jou Santo

El hecho de mitificar las cumbres no es nuevo. Las ideas de esfuerzo, culminación, renuncia y contemplación siempre animaron a los humanos a trepar hasta lo más alto. Recordemos que los dioses griegos vivían en el monte Olimpo. La metáfora de la elevación también quedó patente en la Biblia, en el monte Sinaí es donde Yahvé entregó a Moisés los Diez Mandamientos, y en el monte Gólgota o Calvario (que procede etimológicamente de Calavera) es donde los romanos clavan las tres cruces que nombra el Nuevo Testamento. El mundo laico tampoco quedó atrás. El 26 de abril de 1336 el poeta italiano Francesco Petrarca sube el Mont Ventoux (el mismo monte francés en el que murió intoxicado en su ascenso el ciclista inglés Tom Simpson), a imitación de Filipo V de Macedonia que asciende al monte Hemo de Tesalia con la intención de divisar dos mares desde el mismo punto. El libro del poeta italiano La ascensión al monte Ventoux se considera el germen de la literatura de montaña y el nacimiento de la literatura renacentista, una moda que duraría siglos.

Hoy, es frecuente que todas las cumbres, por insignificantes que parezcan, como Cantu Ceñal (1.460 m), tengan una cruz trabajada en hierro que dé fe de la labor evangelizadora de montañeros que todavía siguen la inercia religiosa iniciada hace muchos siglos.

Paralelamente, y ajenos a la influencia religiosa, en el Cornión existen multitud de topónimos que  indican docenas de características: geográficas (Requexón, El Boquete, Enmedio, Vegarredonda, Pandiello, Callejo, Camperona, Piedras Lluengas), cromáticas (la Canal Parda, Verdilluenga, Veguca Rubia, Peña Blanca, Torre Bermeja, Almagrero, Torre del Alba), de composición (Areniza, Llastria) botánicas (Jayones, Joyosa, Jayeda, Vega Robles, Hierbas Altas, Jelguera), zoológicas (torre de los Cabrones, de la Cabra Blanca, Canal del Perro, Aguja del Gato, del Perro que Fuma), de la actividad humana (La Fragua, El Torno, Mesones, Jerrera), de la posición geográfica (Castilla, Los Asturianos) y un largo etcétera.

Todos juntos constituyen un macizo bien delimitado en el que la actividad minera de Buferrera dejó paso en el siglo pasado a que ganado, pastores y montañeros disfrutemos de una naturaleza intacta que los humanos santificaron desde antiguo, solo modelada por el paso de las estaciones.

 

 

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