Pastoreo

También al mundo montañero ha llegado la revolución tecnológica que desde hace poco más de una década nos afecta a todos en la vida cotidiana.

Así, si usted se encuentra en la montaña con un excursionista con cara de despistado, es posible que no esté tan descaminado porque es casi fijo que lleve en el bolso un dispositivo electrónico que le marque la ruta a través de un satélite espacial. Una musiquilla metálica le indicará si va por el buen camino o si se ha extraviado.

El problema es que el monte crece sin que nos demos cuenta, y donde hoy hay una senda, al mes siguiente ese mismo camino puede estar cerrado por una vegetación feraz. Es entonces cuando debería aparecer la intuición y la experiencia, y en último caso la ayuda humana, pero esta es cada vez más menguante por el abandono galopante del medio rural. Ya saben, la España vaciada.

Por eso, es muy agradable encontrarse en el monte con gente lugareña que nos puede dar una información muy distinta a la que nos ofrece la máquina electrónica.

Fue lo que ocurrió esta semana en los límites entre Lena y Quirós, en la braña del Chegu, cuando bajábamos de la Carba de Valseco. Vimos una manada de vacas que corrían a gran velocidad en dirección a la citada braña. Por cierto, el toro iba el último tirando como podía de sus pesados atributos. Detrás, dos pastores, que iban sobre mulas, dirigían con diligencia el ganado.

Es sabido que en el mundo rural la prisa nunca fue una prioridad, una fuerza que violenta el transcurrir normal del tiempo.

Los pastores (hombre y mujer) nos dieron toda esa información que no viene en los dispositivos móviles, pero que configuran la esencia y la identidad del pastoreo y, por extensión, de la montaña. No usan caballos porque las mulas son más robustas, fiables y, además, comen menos. Llevaban dos perros Collins, madre y cría de cuatro meses, porque son muy hábiles para manejar el ganado, como es conocido por los pastores de toda Europa. Nos dijeron que los mastines se dedican para que el ganado se sienta seguro de sus depredadores.

A la sombra del Tapinón y de Siegalavá, los pastores del pueblo de Xomezana  estaban moviendo el ganado porque es el mes de octubre cuando ya se empieza a bajar de la montaña ante la inminencia de las primeras nieves, las que hacen que siempre haya agua todo el año en los manantiales de altura.

Nos despedimos porque llevábamos rutas diferentes, ellos a lo largo de la braña, nosotros por las Cuenchas Bermechas para subir hasta la peña Chana, de 2.041 m, pero en el fondo del valle, entre resonancias otoñales, fugaces como el vuelo de las hojas amarillentas, alguien escuchó cómo resonaba la vieja copla:

Los vaqueiros vansi, vansi,

las vaqueiras choran, choran.

—¡Adiós, vaqueirín del alma!,

¿con quién vou dormir agora?

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