El Cid, sin coraza

Pocas figuras españolas han sido tan manipuladas (mitificadas o desvirtuadas) por la historia como Rodrigo Díaz de Vivar. Fue tan utilizado por el poder (desde Alfonso X hasta Franco) que el regeneracionista Joaquín Costa afirmó que había que cerrar con “doble candado la figura del Cid para que no vuelva a cabalgar”.

Firma del Cid como ego Ruderico
Firma del Cid como ego Ruderico

Efectivamente, la leyenda dice que derrotó, ya muerto aunque subido su cadáver sobre Babieca, al moro Búcar. Una nebulosa de noticias más o menos creíbles no atinan a explicar con precisión la causa del destierro por parte de Alfonso VI. Y la historia nos documenta que su esqueleto recorrió muchas sepulturas por España antes de que las tropas de Napoleón esparcieran sus huesos despiezados por media Europa. Y es que la tragedia de Corneille sobre el Cid sí que logró que su figura volviese a cabalgar durante años sobre los escenarios europeos más importantes. La historia también nos dice que terminó sus días de muerte natural en 1099 con los 50 años cumplidos, cosa inusual en un guerrero como él.

La última novela de Arturo Pérez-Reverte, Sidi, resalta algunas características para ofrecer al lector una visión más cercana, más humana, del guerrero castellano, en la que parece que podemos olerlo y tocarlo. Con una importante reducción temporal y espacial (Guadamiel, Agramunt, Zaragoza, Almenar), el autor deja muy clara la empresa que persigue el Cid. Expulsado de sus tierras por el rey, tiene que buscar para los pocos fieles que le siguen un lugar seguro donde pasar abrigados el invierno con comida caliente. Con estas premisas, presenta sus servicios a Berenguer Remont II, pero el conde de Barcelona rechaza los servicios que le estaban ofreciendo unos mercenarios malcalzados.

¡Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor!

No le queda más remedio que ofrecer su poder guerrero a Mutamán, el rey moro de Zaragoza, con el que sufre todo tipo de humillaciones, como admitir sus caprichos en la estrategia en la batalla que los enfrenta al rey moro de Lérida y al conde de Barcelona. O cuando tiene que tratar en Zaragoza con un judío prestamista las condiciones para la soldada de su tropa, o cuando tiene que cortarle las manos antes de ahorcar a uno de sus paisanos para satisfacer el malestar de su protector. Esta sumisión ante el rey moro no le quita mérito para mostrar su generosidad con el conde cautivo.

Pero en la novela no aparece un elemento crucial en la vida del guerrero castellano. El Cid, desde el momento que sale desterrado, tiene claro que sus ingresos no le vendrán nada más que de la guerra, y un señor de la guerra nunca tuvo buena fama. Necesitaba un embuste, una máscara amable, un servicio de propaganda que dignificara sus correrías bélicas en busca del botín., del saqueo. Necesitaba un juglar que idealizara sus correrías a través de los cantares que estaban trayendo las gentes del norte. Y lo encontró en Gormaz, donde su suegro poseía tierras. Esta es la razón por la que el Rodrigo Díaz de Vivar, también conocido como el Cid Campeador, es el personaje medieval más alabado o famoso, más que cualquier rey o clérigo.

 

Así, por primera vez en la literatura española, un texto se pone al servicio de una causa o de un personaje. O dicho de otra manera, el primer poema épico es un panfleto en el que se defiende a un personaje (un simple infanzón) de las arbitrariedades del rey que lo expulsa de sus tierras. O expresado en términos marxistas, el poema hay que leerlo con la dialéctica de la lucha de clases, el juglar toma partido por la defensa de una nueva clase social, la castellana, guerrera, que tiene que obtener las ganancias con sus manos, en conflicto con otra clase social, la vieja nobleza leonesa, ociosa e improductiva (como los condes de Carrión),  que vive de las rentas que les proporcionan sus haciendas.

No será la única vez que ocurra este uso proselitista en la literatura. El primer autor conocido, el poeta Gonzalo de Berceo (siglo XIII), va a dedicar casi toda su obra a glorificar determinados monasterios con el fin de atraer al mayor número posible de fieles. Aunque con el tiempo, el reclamo tangible y supersticioso de las reliquias fue mucho más poderoso y llegó a eclipsar la voz de los propagandistas literarios.

Actualmente sabemos que las personas o lugares (por muy importantes que fueran en su momento) que no utilizaron estos recursos proselitistas cayeron en el olvido y hoy no son más que ruinas.

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