Así que pase la primavera

Fue un domingo, en el idus de marzo, cuando el gobierno de España decretó el estado de alarma. Sabíamos la fecha de inicio, pero en este momento nadie nos puede asegurar cuándo va a acabar esta situación de zozobra.

En estos dos meses de confinamiento, la primavera se comporta como una señorita de palabra, nos trae lo prometido: agua, sol y mucha luz. Esta alegría que nos aporta la naturaleza externa contrasta con la anomalía de la naturaleza interna, la inherente al género humano, sumida en la pandemia provocada por el coronavirus.

Los expertos nos anuncian que ya escalamos el pico estadístico y, después de crestear durante algunos días por la sierra, estamos descendiendo (o desescalando, según la terminología gubernamental) por la tétrica montaña de muertos e infectados. Algunos optimistas dicen que ya están sintiendo en sus pies la mullida alfombra de las praderías que conforman el valle en esta primavera. Efectivamente, la posibilidad de poder practicar deporte al aire libre durante algunas horas, de poder tomar algo en una terraza o de satisfacer una necesidad en una tienda nos da alas, aunque sean de mariposa, bellas y frágiles, poco consistentes.

Amanece en el monte Naranco (Oviedo)

Fuera, los animales se acercan al entorno humano aprovechando nuestro silencio y permisividad. Por las ciudades se cuela la fauna salvaje a husmear las madrigueras en las que nos cobijamos, a comer los desechos que amontonamos, a escuchar nuestra música y los aplausos del atardecer.

A nuestro lado, la flora sigue con su ritmo inalterable. Las arboledas muestran la frondosidad con nuevas hojas y otros frutos. Mientras las calas todavía mantienen sus flores hasta los primeros calores del verano, los limoneros, naranjos, buganvillas y geranios nos alegran la vista y el olfato con flores que compiten entre sí para llamar la atención de los polinizadores.

Por encima, siempre los gorriones, acompañados ahora por los vencejos, recién llegados de tierras lejanas. Dos especies opuestas en su comportamiento. Frente al carácter hogareño de los gorriones, nuestros fieles compañeros en todos los momentos, nos llama la atención la actividad frenética del vencejo, que se pasa toda la vida en el aire donde se alimenta, duerme y copula. Ajeno a nuestra presencia en el mundo, solo baja a tierra para cuidar de su camada.

Vencejos

Algo parecido al coronavirus, una simple molécula siempre activa que solo se detiene un instante en una célula humana para destruirla y así poder seguir en movimiento.

 

 

 

Mi agradecimiento a Carlos Sáez López por el dibujo del gorrión.

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