La nieve. Oh, la nieve

La poesía delicada de la nieve es el preludio de la prosa de los charcos de barro y las trampas súbitas del hielo, que tiene en las aceras nocturnas un brillo cruel de obsidiana.

Antonio Muñoz Molina

A pesar de que estamos en un tiempo de excesos (también climatológicos), llama la atención que una borrasca pueda cubrir de nieve gran parte de la península. La novedad saca de sus quehaceres a todos porque la caída de la nieve tiene una paradójica estética de orden y caos que hipnotiza todas las miradas. Nos obliga a mirar hacia arriba. En su lenta e inexorable caída, los copos se juntan y se separan, suben y bajan, se alejan o se acercan para hacer crecer un manto de silencio y luz. En la mayoría de los lugares es un fenómeno raro y a muchos les hace recordar otros días de infancia en los que nuestros ojos seguían con sigilo la magia de una naturaleza pródiga en inviernos en torno al calor de la leña.

Caminando por el cielo (Montes del Sueve)

Los grandes novelistas rusos del XIX tienen en cuenta estas descripciones esteparias a la hora de ambientar sus historias.

Y también nuestro gran maestro de la Generación del 98:

La nevada es silenciosa,
cosa lenta;
poco a poco y con blandura
reposa sobre la tierra
y cobija a la llanura.
Posa la nieve callada,
blanca y leve
la nevada no hace ruido;
cae como cae el olvido,
copo a copo.
Abriga blanda a los campos
cuando el hielo los hostiga,
con sus campos de blancura;
cubre a todo con su capa,
pura, silenciosa,
no se le escapa en el suelo
cosa alguna.
Donde cae allí se queda,
leda y leve,
pues la nieve no resbala
como resbala la lluvia,
sino queda y cala.
Flores del cielo los copos,
blancos lirios de las nubes,
que en el suelo se ajan,
bajan floridos,
pero quedan pronto
derretidos;
florecen sólo en la cumbre,
sobre las montañas,
pesadumbre de la tierra,
y en sus entrañas perecen.
Nieve, blanda nieve,
la que cae tan leve,
sobre la cabeza,
sobre el corazón,
ven y abriga mi tristeza
la que descansa en razón.

Miguel de Unamuno

Pero muy pronto esta nieve, delicada e inocente, virginal, se va a endurecer hasta formar hielo, ya un peligro en el tránsito y un trastorno en todos los movimientos callejeros. La poesía de lo etéreo se convierte en la prosa del barro y los charcos, de las pisadas, de la suciedad. Poco a poco, la mortaja que todo lo iguala empieza a ampliar la paleta de los blancos hasta llegar a la impureza. Las flores del cielo que en el suelo se ajan. Después, las inclemencias y la mano humana hacen que el color se vaya tornando ceniciento. Los muñecos que unas manos creativas levantaron a la vista de todas las ilusiones se empiezan a derretir y la zanahoria que servía de nariz se pudre con otros elementos en un suelo resbaladizo y sucio. La nevada ya es un estorbo para casi todos, como lo fue a lo largo de la historia.

Caminando por el Sueve

Solamente la llegada de los deportes de invierno hace casi 100 años (los primeros Juegos Olímpicos de Invierno se celebraron en 1924 en Chamonix) sacó del aislamiento a zonas aplastadas por unos inviernos que se comían gran parte del año. Pensemos en la hoy próspera Suiza, que durante mucho tiempo entregó lo mejor que tenía, sus jóvenes, como mercenarios al mejor postor, como la actual Guardia Suiza Pontificia.

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