¿Vacas?

No todas las vacas son iguales. En comarcas ganaderas es frecuente verlas pastar en extensas praderías. A cualquiera que pase a su lado le puede venir a la cabeza la idea de bucolismo y placidez que el Renacimiento puso tan de moda en la literatura. Estos rumiantes que viven en libertad y armonía con una naturaleza incontaminada son vacas de las que aprovechamos su carne. Son unas privilegiadas con respecto al otro gran grupo de vacas, con respecto a las vacas de las que extraemos su leche. Estas, las lecheras, llevan otra vida totalmente diferente. No las sacan a pacer porque ya no saben que la hierba que crece en los prados es el alimento natural que rumian sus hermanas. En un proceso conducido por sus dueños, cambiaron sus hábitos en la alimentación, ya se olvidaron del aroma del heno al ser arrancado con los dientes, del sabor de la hierba fresca. Solo comen el forraje seco y cortado previamente. Algunas tienen la suerte de salir a un barrizal durante unas pocas horas mientras les higienizan el establo. La mayoría de estas vacas lecheras son de la raza Hoslstein en su variedad frisona, características por sus manchas blancas y negras.

Vacas lecheras frisonas

De sus ubres sale casi toda la leche que bebemos y la mayoria de la leche con la que elaboramos los quesos, junto con la de las ovejas y de cabra en menor medida. Estas vacas lecheras que ya no saben lo que es pacer en los prados, montes y dehesas viven estabuladas toda su vida, encadenadas por el cuello, con una porción de forraje debajo de su boca y una ordeñadora automática conectada a sus ubres. Además, carecen de cuernos, uno de los signos más llamativos de la cabaña bovina. Sin ellos ocupan menos espacio en el nicho que tienen asignado de por vida y no se rozan con sus compañeras de establo.

Encadenadas, sin cuernos, flacas pero con las ubres repletas, amontonadas sobre un barrizal estéril, las vacas frisonas ya no saben comer la hierba que crece en las praderías

¿Vacas? Las frisonas son nuestras esclavas en un proceso industrial de rentabilidad mercantil en el que se las ha privado de aquellas características que las pueden definir como animales domésticos. De su condición vacuna solo les queda el mugido, que es lo único que ocasionalmente se puede escuchar en las naves donde viven estabuladas.

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