En las dehesas extremeñas, inmensas planicies con suaves colinas rotas por roquedales graníticos, a menudo se levantan riscos históricos en los que algún guerrero se hizo fuerte.
En torno a uno de estos peñascos inexpugnables se apiña la villa de Alburquerque, un lugar sorprendente.
La primera sorpresa la encierra su nombre. Tiene un comienzo que nos hace relacionarlo con el artículo árabe, tan común en la toponimia de la península, sobre todo en la parte más meridional, como Alhambra, Algeciras, Almería, etc. Pero no es así en esta villa porque el origen del topónimo hay que buscarlo en la expresión latina albus quercus con el significado de “encina blanca” o “alcornoque”, árboles que son sus señas de identidad en las vastas dehesas que cubren uno de los municipios más extensos de España.
La segunda sorpresa viene dada por su ubicación en La Raya (espacio fronterizo con Portugal). Alburquerque, como la mayoría de las villas peninsulares, fue arrasada alternativamente a lo largo de la época medieval por cristianos y musulmanes. Así lo indica el castillo del condestable Álvaro de Luna, que corona y protege el casco histórico. Pero su cercanía con la frontera la convirtió en un importante baluarte que se disputaron españoles y portugueses en tiempos más recientes, que la saquearon intermitentemente. Incluso los ingleses se hicieron fuertes desde 1705 hasta 1716, cuando estuvieron aliados con los portugueses.
Bastantes lugares europeos trasplantaron sus nombres a otros continentes para darles una nueva vida, pero muy pocos son los que crecen con más ímpetu en la tierra de acogida. Por el contrario, el décimo duque de Alburquerque, virrey de Nueva España, pone el nombre de Alburquerque a un lugar fortificado en el Camino Real sobre una altitud de más de 1.500 metros, entre la capital y los puestos más septentrionales, al lado del río Grande. Hoy forma parte del estado norteamericano de Nuevo México con más de medio millón de habitantes. Alguno de ellos, como Bill Gates, desarrolló una tecnología tan puntera como la mundialmente conocida empresa Microsoft.
En la actualidad, la villa española sigue conservando la esencia extremeña de la ruralidad y el aroma de sus tradiciones. Rodeada por una muralla y coronada por un castillo, que dan fe de su pasado multicultural, va asimilando el presente con naturalidad, como se puede observar en la plaza de España, donde una estatua con un guerrero cualquiera, cualquier vecino, monta airoso un corcel que levanta las patas delanteras hacia el castillo. Al lado, la ermita barroca de la Soledad fue desacralizada y ahora ofrece servicios hosteleros bajo una bóveda de cañón y una cúpula florentina. Otra agradable sorpresa para los sentidos.

Y para finalizar, algo todavía más sorprendente. Como es común en todas las villas extremeñas, siempre hay un escritor que nos asombra con su literatura. En Alburquerque nació uno de los mejores novelistas actuales: Luis Landero.
Siempre me interesa lo que cuentas, por el fondo y la forma. Felicitaciones!
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