Elogio del movimiento

Existen muchas formas de moverse por el mundo. Dejaremos aparte las migraciones que obedecen a circunstancias ajenas a la voluntad de quienes se ven obligados a desplazarse y nos detendremos únicamente en aquellos movimientos que nacen del deseo, del placer o de la curiosidad. Quedan así al margen los emigrantes, los exiliados y los desterrados, cuyo desplazamiento está marcado por la necesidad o la expulsión. También dejaremos fuera a quienes viajan movidos fundamentalmente por intereses colonizadores, comerciales o militares. Y tampoco nos ocuparemos de peregrinos y romeros, pues en ellos el desplazamiento está subordinado a la llegada a un destino concreto —Santiago, Roma— cargado de un significado religioso o espiritual.

Los orígenes de la humanidad están estrechamente relacionados con la movilidad. Durante buena parte de su existencia, los seres humanos fueron grupos cazadores y recolectores que se desplazaban en busca de agua, alimentos y mejores condiciones de vida. El Neolítico introdujo una transformación decisiva: la agricultura y la ganadería favorecieron el asentamiento estable y, con él, una relación más intensa con una tierra determinada. El territorio dejó de ser simplemente un espacio que se atravesaba para convertirse en un lugar que se habitaba, se cultivaba y se defendía.

Sin embargo, el nomadismo no desapareció. Todavía existen pueblos cuya forma de vida depende de la movilidad, especialmente entre las sociedades dedicadas al pastoreo. Pero, en términos generales, el sedentarismo se convirtió en la forma dominante de organización humana. Podría decirse que, desde entonces, la historia de la humanidad se desarrolla en una tensión permanente entre dos impulsos: el deseo de arraigarnos y el deseo de partir.

En tiempos modernos, esa antigua movilidad adquiere nuevas formas. Aparecen dos figuras que con frecuencia se presentan como contrapuestas: el viajero y el turista. La diferencia no reside necesariamente en la distancia recorrida ni en la duración de la estancia, sino en la actitud ante el desplazamiento. El turista suele asociarse al consumo organizado para masas: hoteles, itinerarios, monumentos, fotografías y experiencias previamente empaquetadas por la industria turística. El viajero, en cambio, aspira idealmente a observar, descubrir e interiorizar aquello que encuentra.

Esta distinción, sin embargo, tiene algo de fantasía. El viajero puede convertirse en turista y el turista puede mirar el mundo con una profundidad semejante a la del viajero. La diferencia pertenece más al imaginario cultural que a una clasificación objetiva. De hecho, nuestra época ha convertido el viaje en una mercancía y, al mismo tiempo, ha elevado al viajero a una figura casi literaria.

Un ejemplo de la primera actitud puede encontrarse en la película  Si hoy es miércoles, esto es Bruselas (1969), de Vittorio de Sica, donde un grupo de turistas estadounidenses recorre Europa con un itinerario acelerado que convierte ciudades, monumentos y culturas diferentes en etapas sucesivas de un mismo producto turístico. El título mismo contiene una ironía reveladora: la velocidad del recorrido llega a dificultar incluso la identificación del lugar en el que se está.

Por el contrario, en  Andanzas y visiones españolas (1922) de Miguel de Unamuno o Viaje a la Alcarria (1948) de Camilo José Cela aparece el viajero solitario que se mueve por lo que Sergio del Molino llamó la  España vacía, lejos de los paquetes turísticos que ofrecen las empresas operadoras del sector

Por tanto, frente a la experiencia colectiva y programada del turista asoma la figura del viajero solitario, cuya mirada pretende ser individual e irrepetible. De ahí nace una de las grandes tradiciones de la literatura de viajes: el desplazamiento exterior se convierte en una forma de conocimiento interior. Quien viaja no solamente cambia de lugar; cambia también su mirada sobre el mundo y, en ocasiones, sobre sí mismo.

Quizá por eso el movimiento sigue ejerciendo sobre nosotros una fascinación tan poderosa. Después de miles de años de sedentarismo, seguimos sintiendo el impulso de abandonar temporalmente nuestro lugar para contemplar otros. La paradoja es que necesitamos una casa para poder marcharnos de ella. Tal vez el ser humano moderno sea, en el fondo, un sedentario con nostalgia del nómada que alguna vez fue.

El viaje sería entonces una forma de recuperar, aunque solo sea provisionalmente, aquella antigua libertad del movimiento: salir del terruño para ver que el mundo es siempre un descubrimiento que merece la pena.

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