Las fuentes del Tajo

Una conciencia imperial única 

El carácter esquivo y solitario del río más largo de la Península Ibérica ya queda marcado con firmeza desde su nacimiento. Las primeras aguas se mueven en una de las zonas más despobladas de España, ocultando su timidez infantil en una vegetación que tapiza las hoces rojizas e inaccesibles por donde escarban gota a gota su curso. Desde el principio escoge ser grande porque busca con ahínco el mar más lejano, no como su hermano, el Guadalaviar (rebautizado más abajo, en la ciudad de Teruel, como Turia), que opta por un camino más corto y alfombrado para dejar sus aguas en el cercano Mediterráneo. Esta tenacidad por horadar tierras inhóspitas donde se asomaron soldados y capitanes, religiosos y cardenales, le confiere una conciencia imperial que lo hace único. Sólo se dobla ante Toledo para abrazarla con respetuosa devoción, se acerca hasta Aranjuez para que los ilustrados se diviertan con sus falúas y se arrodilla para morir engullido por los mares océanos sobre los que Lisboa conquistó nuevas tierras. 

Quizá sea esa altivez de corte imperial la que impidió que los artistas se acercaran a él, como lo hicieron con otros ríos. Únicamente Garcilaso inmortalizó en las Églogas sus aguas amenas y umbrosas, aunque tormentosas para El Greco. Esta arrogancia del Aurifer Tagus sólo fue domesticada por los gancheros, una profesión centenaria que dejó de existir en los años cincuenta del siglo pasado, mucho antes de que unos jóvenes en California se subieran sobre una tabla para dominar la fuerza de las olas. José Luis Sampedro recogió la lucha de los gancheros en la novela El río que nos lleva (1961), llevada al cine en 1988 con el mismo título por Antonio del Real, en la que se nos relata el esfuerzo de los hombres del Alto Tajo para pastorear sobre las aguas rebeldes y ariscas del río troncos de pino hasta llevarlos a tierras llanas. 

Escribió Tirso de Molina sobre el río:

Niño en Cuenca.

En Toledo, hombre.

En Lisboa, viejo.

En la actualidad habría que añadir que el Tajo es un niño con aguas inmaculadas en las tierras rojas de la Sierra de Albarracín, pero en su crecimiento hacia la edad adulta, en su recorrido hacia el Atlántico, el desprecio de los ribereños no hacen más que mancillar su cauce hasta envejecerlo prematuramente. A su paso por Toledo es ya un río contaminado, un estercolero cuando junta sus aguas con las del océano en el estuario de Lisboa.

A pesar de la diferencia que estableció Paul Bowles entre turistas y viajeros, en los cañones del curso alto del Tajo todavía es posible que el ser humano (sea turista o viajero) quede sorprendido con la vitalidad de una flora y fauna en estado puro, y entonces será inevitable que vengan a la memoria los versos de Garcilaso de la Vega, el poeta que mejor entendió la fuerza de un río solitario, esquivo, altivo e imperial:

Cerca del Tajo, en soledad amena,

de verdes sauces hay una espesura

toda de hiedra revestida y llena,

que por el tronco va hasta el altura

y así la teje arriba y encadena

que’l sol no halla paso a la verdura;

el agua baña el prado con sonido,

alegrando la hierba y el oído. 

Con tanta mansedumbre el cristalino

Tajo en aquella parte caminaba

que pudieron los ojos el camino

determinar apenas que llevaba.

Peinando sus cabellos d’oro fino,

una ninfa del agua do moraba

la cabeza sacó, y el prado ameno

vido de flores y de sombra lleno.

 

 

El viaje a las fuentes del Tajo fue realizado con la luna creciente de agosto por cuatro cicloturistas que recorrieron más de 500 quilómetros por las sendas de cuatro comunidades autónomas en busca de las fuentes de los ríos Lozoya, Dulce, Cabrillas, Guadalaviar y Tajo. Algunos tramos coinciden con el Camino del Cid y con la Ruta de don Quijote en las provincias de Segovia, Guadalajara y Teruel.

Publicado en LITERARIAS (25/8/13)

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