En las fuentes del Sil

Si por un momento quieren imaginar un territorio mágico, es probable que se fijen en Babia, un lugar remoto donde el tiempo quedó petrificado para siempre en su paisaje. Ya en la Edad Media, cuando los reyes de León querían alejarse de la vida cortesana se perdían en estas tierras altas en las que el sosiego y quietud se recuestan en el heno de sus llanuras. Era en esos momentos cuando se decía que los reyes estaban en Babia y esta expresión llegó hasta nuestros días para señalar al que no se entera de nada porque vive en la Arcadia.

En 1981 escribió Luis Mateo Díez: Babia, como Jauja y otros topónimos que comparten esa duplicada referencia al nombrar tierras de la geografía real y de la fantástica, conserva la aureola misteriosa, el prestigio de la invención.

Efectivamente, Babia es un territorio contradictorio, con pastizales interminables, siempre divididos por las murias centenarias, y con los roquedales más altos de la cordillera Cantábrica. En este paisaje real, abrupto y mesetario, es donde florece la imaginación de un paisanaje aislado que en las largas tardes invernales deja que la fantasía entre en ebullición con el calor del filandón.

En las entrañas de sus montes y brañas nacen dos ríos antagónicos, como los personajes que pueblan sus leyendas. El Luna marca la ruta leonesa que sigue el Camín de la Mesa, que comunica Astorga, la capital de los astures, con la parte transmontana. Es el río que lleva sus aguas al Duero. Por el contrario, el río Sil escoge una dirección contraria, desemboca en el Miño, aunque un dicho popular ya nos avisa del embuste:

El Sil lleva el agua y el Miño la fama.

El nacimiento del Sil lo forma una legión de regatos que arañan su desgarro en unas alturas desnudas que un poco más abajo se van cubriendo de tomillos rastreros, brezo, gamones y genciana. En lo alto, Peña Orniz (con 2.191 m) y Montihuero (2.180 m) marcan a diestro y siniestro los límites de las fuentes del Sil, el río más aurífero para los romanos.

La Cueta
Foto de Alfonso Contreras

Más abajo, sus aguas dan vida al primer poblado humano, La Cueta, el pueblo más alto de León, con 1.460 metros sobre el nivel del mar. Rodeado de praderías donde se alimenta un ganado acostumbrado a una climatología invernal, en La Cueta se arremolinan unas pocas casas de piedra y pizarra donde, a la luz de la hoguera del calecho, se calientan las leyendas de lobos y enamorados, de mastines y doncellas, de libertades y olvidos. Una geografía de historias transmitidas oralmente y que el viento arrastra por todos los rincones. Algo de esto dice una cerámica que luce una casa del pueblo:

Camino de Sil arriba

caminan mis pensamientos

camino de Sil abajo

corren que los lleva el viento

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